TEXTURAS. De noche todos los gatos son pardos ("La oscuridad", de John McGahern)
John McGahern tuvo una vida atormentada a causa de un padre opresivo, cuya mala influencia se agrandó tras la temprana muerte de su madre (a la que el niño McGahern adoraba), y por el angustioso clima creado por la religión en Irlanda. En tan sólo unas pocas novelas, y en su tardía autobiografía, McGahern vuelve una y otra vez sobre estos temas, narrando cómo su promesa de hacerse sacerdote a una madre enferma terminal, y su posterior abandono de tal pretensión, vigorosamente inducido por las tentaciones carnales que la vida le proporcionaría de manera natural poco tiempo después, marcaron en él un oscuro y profundo complejo de culpabilidad, que posiblemente solo pudo exorcizar gracias a la literatura. Así tanto en The Barracks, su primera novela, como en The Leavetaking (1975), su tercera novela, como en el libro que nos ocupa, La oscuridad (The Dark), su segunda novela aparecida en 1965, McGahern vuelve con insistencia a todos estos hechos cruciales en su vida y a los que se acercaba desde diferentes ángulos para conseguir una visión, obsesiva y total, de estos acontecimientos autobiográficos tan decisivos. Curiosamente, como el escándalo que supuso La oscuridad, que las autoridades irlandesas prohibieron debido a su lenguaje sexualmente explícito y a la relación Iglesia-sexo. Este acontecimiento, que le hizo perder también su puesto de profesor, deja a las claras el marco profundamente provinciano, conservador y represivo en el que se movió un espíritu libre como el suyo, y quedó retratado por su escritura en la ya citada The Leavetaking.
McGahern es un escritor que ha hecho de su vida y de la realidad circundante el motivo de sus libros. Pero, además, su estilo es deliberadamente cotidiano, imbricado en un realismo psicológico y social, cuya sencilla expresión no deja de ser, sorprendentemente, enormemente evocadora y compleja. Esta ecuación es lo que ha convertido a McGahern en un autor de culto en Irlanda, pues nadie más lejos que él de un lenguaje oscuro e ininteligible, y, sin embargo, capaz de conseguir un enunciado de gran valor poético, basado en la repetición y en un preciso uso del idioma inglés. La oscuridad es ya una obra de gran madurez (igual que ya lo era The Barracks), y su estilo aparece ya conformado en estas primeras novelas. La aparición en castellano, aunque dentro del mercado argentino, de una obra suya me parece suficiente motivo para escribir unas líneas sobre este desconocido (en nuestra lengua) e importante autor.
La oscuridad cuenta dos grandes acontecimientos para nuestro autor. La relación con su padre, un hombre tosco y brutal que atemorizó a todos sus hijos, y su despertar, sexual y social, a la vida y a su encuentro consigo mismo, impregnan todo el relato. Lo primero que llama nuestra atención es el experimental cambio de voces que dirigen el relato. Hasta tres voces distintas aparecen en él, dos de las cuales pertenecen al mismo autor, identificándose con el narrador, y una tercera queda para un segundo narrador que ya no es él mismo, sino una voz en tercera persona que nos habla desde fuera. Las dos voces que corresponden a McGahern, visto como el hijo de Mahoney, tienen también profundas diferencias. Una primera voz, que es la que más se usa durante el libro, utiliza la técnica de un narrador que se cuenta a sí mismo la historia, casi como si de un diario se tratara, o como si este narrador quisiera recordarse a sí mismo ese pasado traumático, que ahora se puede ver desde un presente presuntamente menos problemático. La segunda voz, que se identifica con el autor, es la habitual voz en primera persona, que aumente el carácter subjetivo del relato.
En el universo de McGahern hay implícito un bagaje espiritual típicamente irlandés que, por fijar de alguna manera, podría remontarnos al filósofo George Berkeley. Hay un profundo escepticismo y relativismo, no solamente moral sino que también atañe a la percepción de la realidad que todos tenemos por el hecho de ser sujetos (de ahí probablemente el uso de diferentes voces). La muerte, la nada, el mismo absurdo de la existencia, es el marco de donde emergen las dudas y la constatación de la fragilidad y de la finitud humanas. Sirva este párrafo para situarnos en estas determinadas coordenadas:
“Desde la ventana las lápidas del cementerio se distinguían de los laureles en la luna, todos los muertos alrededor, vidas alguna vez tan llenas de sí mismas y de su importancia como tú esta noche, indecisión y problemas y anhelos dejados por igual con risas en esa zona de arcilla, y yacen tranquilos como tú lo harás una noche eterna mientras alguien lleno de problemas e incertidumbre estará despierto como tú en una habitación.” (1)
La igualdad ante la muerte nos conduce, de alguna manera, a la igualdad ante la vida. Todos estamos sumidos en la misma oscuridad, de noche todos los gatos son pardos. Nadie puede zafarse de esta grave circunstancia, la muerte personal, y del hecho que, de una manera u otra, la vida sigue, quedando muchas de nuestras acuciantes mundanas preocupaciones como simples banalidades. Este relativismo no llega a establecerse como un nihilismo que no deje escapatoria, sino que, lejos de evitar nuestra responsabilidad moral, la hace especialmente prioritaria. Ante todos nosotros se abren varias vías de asumir nuestra realidad personal, individual. Y el protagonista de la novela tendrá que elegir que clase de vida quiere para sí. Pronto se da cuenta que la opción mayoritaria, que el define claramente, no le interesa. Esta vida, marcada por la seguridad y el convencionalismo queda así descrita:
“Las vidas se vivían en esta ratonera de la seguridad, evitando golpes, dando golpes, en un esfuerzo desesperado por mantenerse vivo en la ratonera; terror al cambio; ni mucho riesgo ni generosidad o elogio, incluso la locura tan banal e inocua como cualquier otra cosa allí. Debes subir al mismo colectivo a la misma hora en la misma calle cada mañana, colgar el sombrero del mismo gancho, tener tres peniques para el mismo periódico que el repartidor te alcanza sin preguntar. Esa era la cúspide del examen. La del reconocimiento en la ciudad cuando salieras de la oficina con el paraguas.” (2)
Por el contrario, el hijo de Mahoney, decide vivir en la duda, hasta que por fin las circunstancias reales le enseñan el camino que acabará por seguir. En esta decisión tendrá especial valor su percepción de las cosas, del mundo y de las personas. En McGahern esto tiene una lectura también metafísica, asociada a una concepción del espacio-tiempo profundamente humanista, e incluso melancólica. Así describe, por ejemplo, sus sensaciones ante una etapa vital de la que es consciente que se termina.
“Había cierto dolor en partir por última vez, sacar la bicicleta de la enorme sala, pedaleando sobre la cancha de arena de tantos partidos, el parque y el sendero de cemento y el árbol de lilas por última vez, los profesores caminando por ese cemento en los recreos todos estos años, arriba y abajo, un misterio sobre qué hablarían.” (3)
Y más adelante:
“Se habían ido, los lugares en sus días, probablemente fuera capaz de volver a verlos pero nunca más así, volviendo del día de clases. Parte de mi vida había pasado en ellos, estaba terminada, nombrarlos de nuevo era nombrar la vida muerta tanto como ellos, congelados en el misterio del amor.
Sin embargo aparentemente había pedaleado por esos lugares cientos de tardes sin prestar la mínima atención. Sólo los reconocía ahora que estaban perdidos, los amaba sin conocerlos, y sólo sabía del amor en la pérdida, y pedaleé dejando atrás los árboles y las casas del camino, la cantera, temiendo pensar: y cuando llegue a casa Mahoney leerá la última hoja tan ávido como leyó todas las otras.” (4)
Una frase de este último párrafo nos revela en gran medida el sentido de la estética de McGahern: “y sólo sabía del amor en la pérdida”. El tiempo, que se devora a sí mismo, es lo que nos hace ser conscientes del valor que tiene lo que se nos aparece en nuestras experiencias mundanas. Lo que perece, queda caduco, asesinado por el tiempo, es lo que puede ser amado verdaderamente por nosotros. Por eso sentimos ternura por aquello que nos conmueve en su futura muerte. De ahí su visión profundamente melancólica. De ahí, por lo tanto, que el destino individual humano se relacione de manera inequívoca con los elementos telúricos que la han impresionado, dejando su indeleble huella. En la literatura de McGahern la naturaleza juega siempre un papel evocador de la psique de sus personajes, dejando intrínsecamente interrelacionados a sus criaturas con el entorno del que emergen en la ficción. Uno de los varios ejemplos que podemos sacar de La oscuridad relaciona la finitud individual y los límites del mundo con su peculiar estilo de austero romanticismo poético
“Eso era todo. Cuanto antes saliera el resto de las cosas de su mente, mejor. Uno por uno guardé los libros, una suerte de reverencia, mi vida, igual que por los negocios del pueblo, había pasado por estas páginas, estaba terminado, pero había demasiadas clases de muerte, y ninguna vida era tan importante salvo para uno mismo o algún otro enamorado de ella.
Por las ventanas de la habitación los campos en los que fui criado se extendían hasta sus muros de piedra, musgo amarillo y vetas de maravilloso liquen blanco sobre la piedra arenisca gris, algunos árboles verdes en verano y el ganado pastando para romper la verde monotonía.” (5)
No es extraño tampoco que las cosas, los objetos, jueguen un papel relevante en este lenguaje que se fija en los pequeños detalles, en la vida que nos rodea, en todo aquello que de tan cercano para nuestras atareadas vidas, a veces pasa inadvertido. Los animales domésticos, los paisajes, los elementos físicos y materiales, inanimados, que están a menudo a nuestro lado, se convierten por arte de birlibirloque en caminos que nos conducen a nuestra más oculta quintaesencia. Lejos de esos escritores que llenan páginas de sus libros contándote los datos y hechos objetivos más irrelevantes para la historia que intentan trasmitir, McGahern busca conformar una visión del mundo, una percepción única en su detalle, pero universal y común a la de cualquiera de sus congéneres, para que su experiencia convertida en escritura alcance un sentido que pueda conmover a cada uno de sus lectores y, de alguna forma, ayudarles a reconocerse en ellos mismos. Para comunicar la espesa relación que une a Mahoney padre e hijo, McGahern utiliza, con un alto poder de descripción física y psicológica, las botas que contempla el hijo y que el padre se ha descalzado antes de meterse en la cama.
“Sus botas, mojadas por el pasto, se secaban junto a los rescoldos. Comenzaron a asumir una fascinación horrible.
Eran las botas de tu padre, cerca de los rescoldos. Habían sido puestas a secar para la mañana siguiente. Las puntas tocaban allí donde las cenizas se desparramaban fuera del fuego sobre el cemento, botas mojadas por el pasto.” (6)
“Estaban tan absolutamente tranquilas junto al fuego, los pies que habían cubierto descansando entre sábanas para volver a llevarlas durante otro día. Las botas estaban tan calmas allí. No se movían. Las tocaste fascinado, no se movieron, sólo el toque áspero de cuero mojado de bota contra las yemas de los dedos. Un cordón estaba roto, reemplazado por un piolín blanco.” (7)
Al final, siempre en McGahern lo material nos lleva a los rincones olvidados de nuestra alma, para luego, emprender el camino inverso y llegar otra vez a lo material imbuido de nuestra interpretación anímica. De la sensación a la percepción para regresar, otra vez, al mundo, a aquel espacio-tiempo al que pertenezca cada cual, pero ya con la necesaria, asociada e irrenunciable visión personal que nos ayude a salir de la oscuridad en la que la vida se queda muy a menudo estancada, o, al menos, a apañarnos a vivir en ella.
Bibliografía de John McGahern:
The Barracks (1963) Novela.
La oscuridad (The Dark) (1965) Novela.
Nightlines (1970) Cuentos.
Sinclair (1971) Guión para radio.
The Leavetaking (1975) Novela.
Swallows (1975) Guión para película de televisión.
Getting Through (1978) Cuentos.
The Pornographer (1980) Novela.
High Ground (1985) Cuentos.
The Rockingham Shoot (1987) Guión para película de televisión.
Amongst Women (1990) Novela.
The Power of Darkness (1991) Teatro.
The Collected Stories (1992) 1ª Antología de cuentos.
That They May Face the Rising Sun (2001) Novela.
Memoir (2005) Autobiografía.
Creatures of the Earth: New and Selected Stories (2006) 2ª Antología de cuentos.
Notas: (1) p. 91; (2) p. 183; (3) p. 195; (4) p. 196; (5) pp. 197-198;
(6) p. 175; (7) p. 176.
McGahern es un escritor que ha hecho de su vida y de la realidad circundante el motivo de sus libros. Pero, además, su estilo es deliberadamente cotidiano, imbricado en un realismo psicológico y social, cuya sencilla expresión no deja de ser, sorprendentemente, enormemente evocadora y compleja. Esta ecuación es lo que ha convertido a McGahern en un autor de culto en Irlanda, pues nadie más lejos que él de un lenguaje oscuro e ininteligible, y, sin embargo, capaz de conseguir un enunciado de gran valor poético, basado en la repetición y en un preciso uso del idioma inglés. La oscuridad es ya una obra de gran madurez (igual que ya lo era The Barracks), y su estilo aparece ya conformado en estas primeras novelas. La aparición en castellano, aunque dentro del mercado argentino, de una obra suya me parece suficiente motivo para escribir unas líneas sobre este desconocido (en nuestra lengua) e importante autor.
La oscuridad cuenta dos grandes acontecimientos para nuestro autor. La relación con su padre, un hombre tosco y brutal que atemorizó a todos sus hijos, y su despertar, sexual y social, a la vida y a su encuentro consigo mismo, impregnan todo el relato. Lo primero que llama nuestra atención es el experimental cambio de voces que dirigen el relato. Hasta tres voces distintas aparecen en él, dos de las cuales pertenecen al mismo autor, identificándose con el narrador, y una tercera queda para un segundo narrador que ya no es él mismo, sino una voz en tercera persona que nos habla desde fuera. Las dos voces que corresponden a McGahern, visto como el hijo de Mahoney, tienen también profundas diferencias. Una primera voz, que es la que más se usa durante el libro, utiliza la técnica de un narrador que se cuenta a sí mismo la historia, casi como si de un diario se tratara, o como si este narrador quisiera recordarse a sí mismo ese pasado traumático, que ahora se puede ver desde un presente presuntamente menos problemático. La segunda voz, que se identifica con el autor, es la habitual voz en primera persona, que aumente el carácter subjetivo del relato.
En el universo de McGahern hay implícito un bagaje espiritual típicamente irlandés que, por fijar de alguna manera, podría remontarnos al filósofo George Berkeley. Hay un profundo escepticismo y relativismo, no solamente moral sino que también atañe a la percepción de la realidad que todos tenemos por el hecho de ser sujetos (de ahí probablemente el uso de diferentes voces). La muerte, la nada, el mismo absurdo de la existencia, es el marco de donde emergen las dudas y la constatación de la fragilidad y de la finitud humanas. Sirva este párrafo para situarnos en estas determinadas coordenadas:“Desde la ventana las lápidas del cementerio se distinguían de los laureles en la luna, todos los muertos alrededor, vidas alguna vez tan llenas de sí mismas y de su importancia como tú esta noche, indecisión y problemas y anhelos dejados por igual con risas en esa zona de arcilla, y yacen tranquilos como tú lo harás una noche eterna mientras alguien lleno de problemas e incertidumbre estará despierto como tú en una habitación.” (1)
La igualdad ante la muerte nos conduce, de alguna manera, a la igualdad ante la vida. Todos estamos sumidos en la misma oscuridad, de noche todos los gatos son pardos. Nadie puede zafarse de esta grave circunstancia, la muerte personal, y del hecho que, de una manera u otra, la vida sigue, quedando muchas de nuestras acuciantes mundanas preocupaciones como simples banalidades. Este relativismo no llega a establecerse como un nihilismo que no deje escapatoria, sino que, lejos de evitar nuestra responsabilidad moral, la hace especialmente prioritaria. Ante todos nosotros se abren varias vías de asumir nuestra realidad personal, individual. Y el protagonista de la novela tendrá que elegir que clase de vida quiere para sí. Pronto se da cuenta que la opción mayoritaria, que el define claramente, no le interesa. Esta vida, marcada por la seguridad y el convencionalismo queda así descrita:
“Las vidas se vivían en esta ratonera de la seguridad, evitando golpes, dando golpes, en un esfuerzo desesperado por mantenerse vivo en la ratonera; terror al cambio; ni mucho riesgo ni generosidad o elogio, incluso la locura tan banal e inocua como cualquier otra cosa allí. Debes subir al mismo colectivo a la misma hora en la misma calle cada mañana, colgar el sombrero del mismo gancho, tener tres peniques para el mismo periódico que el repartidor te alcanza sin preguntar. Esa era la cúspide del examen. La del reconocimiento en la ciudad cuando salieras de la oficina con el paraguas.” (2)
Por el contrario, el hijo de Mahoney, decide vivir en la duda, hasta que por fin las circunstancias reales le enseñan el camino que acabará por seguir. En esta decisión tendrá especial valor su percepción de las cosas, del mundo y de las personas. En McGahern esto tiene una lectura también metafísica, asociada a una concepción del espacio-tiempo profundamente humanista, e incluso melancólica. Así describe, por ejemplo, sus sensaciones ante una etapa vital de la que es consciente que se termina.
“Había cierto dolor en partir por última vez, sacar la bicicleta de la enorme sala, pedaleando sobre la cancha de arena de tantos partidos, el parque y el sendero de cemento y el árbol de lilas por última vez, los profesores caminando por ese cemento en los recreos todos estos años, arriba y abajo, un misterio sobre qué hablarían.” (3)Y más adelante:
“Se habían ido, los lugares en sus días, probablemente fuera capaz de volver a verlos pero nunca más así, volviendo del día de clases. Parte de mi vida había pasado en ellos, estaba terminada, nombrarlos de nuevo era nombrar la vida muerta tanto como ellos, congelados en el misterio del amor.
Sin embargo aparentemente había pedaleado por esos lugares cientos de tardes sin prestar la mínima atención. Sólo los reconocía ahora que estaban perdidos, los amaba sin conocerlos, y sólo sabía del amor en la pérdida, y pedaleé dejando atrás los árboles y las casas del camino, la cantera, temiendo pensar: y cuando llegue a casa Mahoney leerá la última hoja tan ávido como leyó todas las otras.” (4)
Una frase de este último párrafo nos revela en gran medida el sentido de la estética de McGahern: “y sólo sabía del amor en la pérdida”. El tiempo, que se devora a sí mismo, es lo que nos hace ser conscientes del valor que tiene lo que se nos aparece en nuestras experiencias mundanas. Lo que perece, queda caduco, asesinado por el tiempo, es lo que puede ser amado verdaderamente por nosotros. Por eso sentimos ternura por aquello que nos conmueve en su futura muerte. De ahí su visión profundamente melancólica. De ahí, por lo tanto, que el destino individual humano se relacione de manera inequívoca con los elementos telúricos que la han impresionado, dejando su indeleble huella. En la literatura de McGahern la naturaleza juega siempre un papel evocador de la psique de sus personajes, dejando intrínsecamente interrelacionados a sus criaturas con el entorno del que emergen en la ficción. Uno de los varios ejemplos que podemos sacar de La oscuridad relaciona la finitud individual y los límites del mundo con su peculiar estilo de austero romanticismo poético
“Eso era todo. Cuanto antes saliera el resto de las cosas de su mente, mejor. Uno por uno guardé los libros, una suerte de reverencia, mi vida, igual que por los negocios del pueblo, había pasado por estas páginas, estaba terminado, pero había demasiadas clases de muerte, y ninguna vida era tan importante salvo para uno mismo o algún otro enamorado de ella.
Por las ventanas de la habitación los campos en los que fui criado se extendían hasta sus muros de piedra, musgo amarillo y vetas de maravilloso liquen blanco sobre la piedra arenisca gris, algunos árboles verdes en verano y el ganado pastando para romper la verde monotonía.” (5)
No es extraño tampoco que las cosas, los objetos, jueguen un papel relevante en este lenguaje que se fija en los pequeños detalles, en la vida que nos rodea, en todo aquello que de tan cercano para nuestras atareadas vidas, a veces pasa inadvertido. Los animales domésticos, los paisajes, los elementos físicos y materiales, inanimados, que están a menudo a nuestro lado, se convierten por arte de birlibirloque en caminos que nos conducen a nuestra más oculta quintaesencia. Lejos de esos escritores que llenan páginas de sus libros contándote los datos y hechos objetivos más irrelevantes para la historia que intentan trasmitir, McGahern busca conformar una visión del mundo, una percepción única en su detalle, pero universal y común a la de cualquiera de sus congéneres, para que su experiencia convertida en escritura alcance un sentido que pueda conmover a cada uno de sus lectores y, de alguna forma, ayudarles a reconocerse en ellos mismos. Para comunicar la espesa relación que une a Mahoney padre e hijo, McGahern utiliza, con un alto poder de descripción física y psicológica, las botas que contempla el hijo y que el padre se ha descalzado antes de meterse en la cama.
“Sus botas, mojadas por el pasto, se secaban junto a los rescoldos. Comenzaron a asumir una fascinación horrible.Eran las botas de tu padre, cerca de los rescoldos. Habían sido puestas a secar para la mañana siguiente. Las puntas tocaban allí donde las cenizas se desparramaban fuera del fuego sobre el cemento, botas mojadas por el pasto.” (6)
“Estaban tan absolutamente tranquilas junto al fuego, los pies que habían cubierto descansando entre sábanas para volver a llevarlas durante otro día. Las botas estaban tan calmas allí. No se movían. Las tocaste fascinado, no se movieron, sólo el toque áspero de cuero mojado de bota contra las yemas de los dedos. Un cordón estaba roto, reemplazado por un piolín blanco.” (7)
Al final, siempre en McGahern lo material nos lleva a los rincones olvidados de nuestra alma, para luego, emprender el camino inverso y llegar otra vez a lo material imbuido de nuestra interpretación anímica. De la sensación a la percepción para regresar, otra vez, al mundo, a aquel espacio-tiempo al que pertenezca cada cual, pero ya con la necesaria, asociada e irrenunciable visión personal que nos ayude a salir de la oscuridad en la que la vida se queda muy a menudo estancada, o, al menos, a apañarnos a vivir en ella.
Bibliografía de John McGahern:
The Barracks (1963) Novela.
La oscuridad (The Dark) (1965) Novela.
Nightlines (1970) Cuentos.
Sinclair (1971) Guión para radio.
The Leavetaking (1975) Novela.
Swallows (1975) Guión para película de televisión.
Getting Through (1978) Cuentos.
The Pornographer (1980) Novela.
High Ground (1985) Cuentos.
The Rockingham Shoot (1987) Guión para película de televisión.
Amongst Women (1990) Novela.
The Power of Darkness (1991) Teatro.
The Collected Stories (1992) 1ª Antología de cuentos.
That They May Face the Rising Sun (2001) Novela.
Memoir (2005) Autobiografía.
Creatures of the Earth: New and Selected Stories (2006) 2ª Antología de cuentos.
Notas: (1) p. 91; (2) p. 183; (3) p. 195; (4) p. 196; (5) pp. 197-198;
(6) p. 175; (7) p. 176.
Todas las citas están sacadas del libro:
La oscuridad (The Dark), John McGahern (1965).
Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2008.
Traducción: Mariano García.
Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2008.
Traducción: Mariano García.


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