CARPETA 50 AÑOS CON "VÉRTIGO" 1958-2008 (IV). "Vértigo" o el tiempo como espiral
Texto: CARLOS SEGURA
“La paz, la calma, la felicidad interior,
no se encontrarán más que allí donde no exista el donde y el cuando.”
Richard Wagner
no se encontrarán más que allí donde no exista el donde y el cuando.”
Richard Wagner
¿Cómo enfrentarse al reto de escribir sobre Vértigo (De entre los muertos) (Vertigo, 1958), la obra total de Alfred Hitchcock, 50 años después de su nacimiento? Las películas nacen para el espectador, resplandecientes y maduras, y por eso estoy convencido que el momento exacto para hablar de ellas es el presente, porque la historia las entierra en la mediocridad –a riesgo de incitarnos a un menosprecio eventualmente injusto– o les confiere un aura de respetabilidad obligándonos a una aproximación prudente y sumamente respetuosa, lo que conlleva una significativa pérdida de frescura, hecho preocupante para los que pensamos en la crítica como organismo vivo. Un ensayo donde el rigor no se convierta en rigor mortis.
A priori, también pienso que hablar de una película relativamente minoritaria facilita el objetivo de lograr una crítica dinámica, puesto que existe siempre el afán divulgativo que impide caer en la obviedad y el lugar común a una hipotética reivindicación o celebración de la obra. Resumiendo: no es lo mismo afirmar, ahora, que Barrera (Bariera, 1966) de Jerzy Skolimowski es una obra capital de los Nuevos Cines que proclamar en este texto que Vértigo habita el Olimpo del Hollywood clásico.
Y aún con todo, no dudo que habrá quien, con argumentos de peso, ponga en cuestión mi temor, animándome a ver y construir discursos sobre los films como si fuese la primera vez (“hacía los films mismos” en formulación husserliana). Pero olvidan que Hitchcock ya ha existido, que ha producido una obra sobre la que se han escrito decenas de libros y miles de páginas. Olvidan que varias de sus películas se han convertido en mitos de la cultura contemporánea. Olvidan que hoy Hitchcock es probablemente el director más popular de la historia y posiblemente el más reconocido, un Michelangelo del cinematógrafo. Celebrar a Hitchcock y cantar las virtudes de su puesta en escena dando la espalda a una Historia que comenzó con la tendencia hitchcock-hawksiana de los cahieristas franceses en los años 50 y la toma de poder de la política de los autores, puede resultar al lector actual cuanto menos ridículamente naïf. No exclamaré, por tanto, “¡qué sugerente y creativo el efecto zoom in, dolly out cuando Jimmy Stewart se asoma por la escalera!”. Tampoco mencionaré la belleza gélida de las rubias hitchcockianas ni escribiré la palabra McGuffin.
Asumamos esta herencia cultural, reconozcamos que no hay lugar para la inocencia ni terrenos vírgenes dentro del cine clásico. ¿Cómo superar esta parálisis? Hablar de Vértigo ya no implica tomar partido estético o político como no sea para quedarse en una cinefilia rancia que solamente mira atrás y ha renunciado al futuro (porque vivir el presente siempre es mirar al futuro, con o sin responsabilidad). Una cinefilia que, curiosamente, encuentra su par en el Scottie (James Stewart) y la Madeleine (Kim Novak) de Vértigo, presos del pasado. No se toma posición porque con independencia de ésta, el status del film permanecerá inamovible, pues el tiempo la ha colocado en su lugar. Esto quiere decir que quienes intenten profanar su templo serán arrojados del paraíso del Buen Gusto a los infiernos del pintoresquismo crítico, o sea, el hábitat de quienes escriben para dar la nota. No pretenderé entonces vender Vértigo. Pero en cualquier caso, que la virginidad del terreno haya sido violada en numerosas ocasiones no es condición sine qua non de infertilidad. No tiraré la toalla, pues todavía hay esperanzas de plantar un pequeño árbol. Uno de los caminos razonables es el de la monografía, formato extenso y que ayuda a cubrir o completar huecos bibliográficos en determinados países: análisis pormenorizado del film por secuencias, un estudio de las constantes estilísticas y las relaciones entre los elementos constitutivos del profílmico y los procesos discursivos, de la iconografía… Todo ello, combinado con citas a otros estudios y monográficos complementarios, siempre contribuye positivamente al conglomerado de discursos, hermenéuticas y exégesis alrededor de un autor, incluso clásico, como muestran por poner un ejemplo los excelentes libros Jean Renoir (Ángel Quintana, Cátedra, Madrid, 1998) y Robert Bresson (Santos Zunzunegui, Cátedra, Madrid, 2001). Dicho esto, reconozco que un trabajo así es incompatible con este formato y también con mis capacidades.
Seguir el hilo del homenaje parece aconsejable cuando se celebra el medio siglo de existencia del film de Hitchcock, pero la publicación de esta serie de textos alrededor de Vértigo ya es en sí un homenaje, y aunque cabe la posibilidad de extenderlo sin caer en la redundancia, confieso no saber muy bien cómo hacerlo.
Seguir el hilo del homenaje parece aconsejable cuando se celebra el medio siglo de existencia del film de Hitchcock, pero la publicación de esta serie de textos alrededor de Vértigo ya es en sí un homenaje, y aunque cabe la posibilidad de extenderlo sin caer en la redundancia, confieso no saber muy bien cómo hacerlo.
Reescribiré y extenderé, a mi manera, algunos aspectos que considero fundamentales de Vértigo, pero como vengo argumentando, la exigencia del palimpsesto se me hace indispensable para no tropezar con el comentario ingenuo. Básicamente, me salgo por la tangente pero sin alejarme demasiado de la “curva” Vértigo. Este texto no tiene pretensión metalingüística (o concretamente metacrítica) pero sí que quiere dar crónica de un tour de force personal frente a la obra magna hitchcockiana que al tiempo que avanza se pregunta por sí mismo y responde desde la distancia, para volver a ponerlo todo en cuestión. ¿Crónica de un fracaso? Puede ser, pero también testimonio de un work in progress.
No veo manera de abordar directamente a Hitchcock, como a otros autores clásicos, sino es desde el manierismo, la vuelta de tuerca y la reescritura. De ahí la diferencia entre la obra de Brian De Palma y la de Dario Argento: el primero construye unos artificios formales que se apropian de los códigos estilísticos y narrativos típicamente hitchcockianos desde la distancia autoconsciente para explorar sus límites mediante el paroxismo, mientras que el segundo los imita y explota hasta lo granguiñolesco (el giallo). Por eso la filmografía del primero supera infinitamente en interés a la del segundo, pese a que ambos manejan en sus mejores films hallazgos plásticos similares.
No veo manera de abordar directamente a Hitchcock, como a otros autores clásicos, sino es desde el manierismo, la vuelta de tuerca y la reescritura. De ahí la diferencia entre la obra de Brian De Palma y la de Dario Argento: el primero construye unos artificios formales que se apropian de los códigos estilísticos y narrativos típicamente hitchcockianos desde la distancia autoconsciente para explorar sus límites mediante el paroxismo, mientras que el segundo los imita y explota hasta lo granguiñolesco (el giallo). Por eso la filmografía del primero supera infinitamente en interés a la del segundo, pese a que ambos manejan en sus mejores films hallazgos plásticos similares.
Párrafo a párrafo inevitablemente, he de chocar con el film. ¿Sobre qué Vértigo hablar? Porque al menos, hay dos películas. Pero volveré a ello posteriormente. Primero me referiré a mi primera vez, la del descubrimiento. No miento si digo que Vértigo fue mi estreno con el cine de Alfred Hitchcock, gracias a una de aquellas colecciones de VHS por fascículos, primera doble entrega junto a Psicosis (Psycho, 1960).
La ortodoxia dice que un niño ha de sentirse antes aterrorizado y fascinado por el terrible secreto de Norman Bates que por los ritmos cadenciosos que envuelven la historia de amor enfermo entre la misteriosa Madeleine y el malogrado Scottie, y sin embargo, yo preferí desde aquel momento la segunda propuesta. Y lo que me atrapó, porque hasta ese desvelamiento no había visto jamás algo igual, fue la persecución obsesiva y romántica por las calles de San Francisco, los largos paseos por bosques y cementerios de atmósferas enrarecidas.
La idea del vagabundeo entronca con cierto pensamiento de la modernidad, concretamente Bazin estudia el neorrealismo aparcando en un segundo plano el limitado enfoque social para atender a criterios estéticos entre los que destaca la idea del plano-secuencia como correlato a una realidad “dispersiva, elíptica, errante u oscilante, que opera por bloques y con nexos deliberadamente débiles y acontecimientos flotantes” (1). Para esta corriente que irrumpe en los años cuarenta pero germina completamente en los cincuenta, el cinematógrafo ya no se contenta con construir una ficción que ilustre una idea de la realidad, quiere apuntar al mundo en su complejidad. A esta idea responde también la definición del neorrealismo de Cesare Zavattini: un arte del encuentro, encuentros fragmentarios, efímeros.
La idea del vagabundeo entronca con cierto pensamiento de la modernidad, concretamente Bazin estudia el neorrealismo aparcando en un segundo plano el limitado enfoque social para atender a criterios estéticos entre los que destaca la idea del plano-secuencia como correlato a una realidad “dispersiva, elíptica, errante u oscilante, que opera por bloques y con nexos deliberadamente débiles y acontecimientos flotantes” (1). Para esta corriente que irrumpe en los años cuarenta pero germina completamente en los cincuenta, el cinematógrafo ya no se contenta con construir una ficción que ilustre una idea de la realidad, quiere apuntar al mundo en su complejidad. A esta idea responde también la definición del neorrealismo de Cesare Zavattini: un arte del encuentro, encuentros fragmentarios, efímeros.
1. La imagen-tiempo, Gilles Deleuze, Paidós, Barcelona, 1987.
2. "Bergmanorama", Jean-Luc Godard, Cahiers du Cinéma nº 85, enero 1958.
3. Habrá quien piense que estas digresiones no existen y la trama se desarrolla inteligentemente, paso a paso, hasta la catarsis central, para reescribirse en la segunda parte. Cierto, pero difícilmente desde los cánones del cine clásico – introducción, nudo y desenlace, en la que cada escena hace de eslabón con la siguiente – se puede explicar la inclusión de una secuencia como la del bosque o el cementerio. Vértigo no se queda en film especular, tiene una geometría mucho más compleja y rica en simetrías: de las escaleras del campanario al moño de Carlotta Valdés y de Madeleine, pasando por los anillos del tronco hasta los movimientos circulares que traza la cámara. Desde la planificación del paisaje exterior al interior, de la noche al día, hasta las subidas y bajadas de una ciudad como San Francisco. Desde el contraste entre lo horizontal y lo vertical hasta la progresión del rojo al verde. Todo es mise en scène, e incluso los movimientos de derecha a izquierda en la primera parte se invierten a izquierda derecha en la segunda, como destaca Donald Spoto en su monografía sobre Hitchcock. En palabras suyas, “la estructura de esta película es un vertiginoso recorrido circular” (4). También Rohmer venía a señalar lo mismo.
4. El arte de Alfred Hitchcock, Donald Spoto, RBA coleccionables S.A., Madrid, 2004.
5. Se puede extender esta correspondencia al ámbito literario, concretamente cuando Marcel Proust, a través del narrador de En busca del tiempo perdido, escribe sobre la música de Wagner, también destaca los conceptos de intensidad y duración, de tal manera que parece que está hablando sobre su propia obra (y yo lo utilizo, a su vez, para hablar de Vértigo), aquella que lleva entre manos, y en la que la memoria y la proyección obsesiva de una muerta (Albertine) sobre el presente juegan el mismo papel que en Vértigo.
Hacía una nueva relación Tiempo-Memoria…
La idea del vagabundeo ha llevado a plantearse la función de los rodeos narrativos como base del complot, y éstos me impulsan a preguntarme con detenimiento por la utilización que se hace en Vértigo de la dilatación del tiempo.
La idea del vagabundeo ha llevado a plantearse la función de los rodeos narrativos como base del complot, y éstos me impulsan a preguntarme con detenimiento por la utilización que se hace en Vértigo de la dilatación del tiempo.
6. "L’Hélice et l’Idée", Eric Rohmer, Cahiers du Cinéma nº 93, marzo de 1959.
“Él me escribió que sólo una película había retratado la memoria imposible, la memoria loca: una película de Alfred Hitchcock, Vértigo.
En la espiral de los títulos él veía al tiempo cubrir un campo más y más grande a medida que se alejaba, un ciclón cuyo momento presente contiene al ojo sin movimiento.
(…)
Parece que consiste en seguir el rastro del enigma, del asesinato, pero en realidad es una cuestión de poder y libertad, de melancolía y aturdimiento. Tan cuidadosamente codificada dentro de la espiral que puedes no darte cuenta, y no descubrir inmediatamente que este vértigo espacial en realidad representa un vértigo temporal.
(…)
Por otro lado, el corte en la sequoia estaba aún en los Bosques de Muir. Allí, Madeline señaló la corta distancia entre dos de esas líneas concéntricas que medían la edad del árbol y dijo, "Aquí nací... y aquí me morí."
(…)
Se imaginó a Scotty como un enamorado engañado por el tiempo con la imposibilidad vivir con la memoria sin falsificarla. Inventando una doble Madeline en otra dimensión temporal, en una "zona" que sólo le pertenecía a él.” (7)
En la espiral de los títulos él veía al tiempo cubrir un campo más y más grande a medida que se alejaba, un ciclón cuyo momento presente contiene al ojo sin movimiento.
(…)
Parece que consiste en seguir el rastro del enigma, del asesinato, pero en realidad es una cuestión de poder y libertad, de melancolía y aturdimiento. Tan cuidadosamente codificada dentro de la espiral que puedes no darte cuenta, y no descubrir inmediatamente que este vértigo espacial en realidad representa un vértigo temporal.
(…)
Por otro lado, el corte en la sequoia estaba aún en los Bosques de Muir. Allí, Madeline señaló la corta distancia entre dos de esas líneas concéntricas que medían la edad del árbol y dijo, "Aquí nací... y aquí me morí."
(…)
Se imaginó a Scotty como un enamorado engañado por el tiempo con la imposibilidad vivir con la memoria sin falsificarla. Inventando una doble Madeline en otra dimensión temporal, en una "zona" que sólo le pertenecía a él.” (7)
7. Extracto de Sains Soleil.
8. El arte de Alfred Hitchcock, Donald Spoto, RBA coleccionables S.A., Madrid, 2004.
El pasado proyectado en el futuro porque la historia es siempre cíclica, y los que mueren dan paso a los que nacen para volver a morir. Cuando Scottie, ante los círculos concéntricos del tronco de la sequoia, pregunte a Madeleine en qué piensa, ella responderá: “En toda esa gente que ha nacido y que ha muerto mientras los árboles han seguido viviendo. No me gusta saber que tengo que morir”. Y la pobre Judy-Madeleine trazará el último círculo de su vida cuando corra hacia lo alto del campanario; la historia se repite. No me despido sin mencionar una de esas imágenes que resuenan en mi cabeza desde aquel primer visionado iniciativo: la figura de una monja recortada en la oscuridad, absurdo y paradójicamente fortuito brazo ejecutor del destino trágico. Fin. ¿O no? El recorrido circular nos obliga a volver a empezar, otra inmersión más en la espiral, esta vez para el espectador, forzado a repetir una Vértigo distinta, pero a la vez la misma, como Judy/Madeleine, porque la primera parte será ahora espejo de la segunda, el futuro pasado y el pasado futuro; y todas las frases, todos los movimientos, variarán su sentido, adquirirán otra gravedad. La espiral continúa hasta el infinito.
Fotos: Vértigo
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