TEXTURAS. Donde habita el poeta ("Las variaciones Marker", Isaki Lacuesta y Sergi Dies, 2007 / "El lugar del poeta", David del Águila, 2007)
Texto: NACHO CAGIGA

El retrato fílmico es un género situado entre el documental y la ficción, entre el ensayo biográfico y el diálogo fílmico, que permite reflexionar sobre todo un mundo a partir de la figura individual de un personaje, cuya silueta nos permite, o nos puede ayudar a hacerlo, contemplar el transfondo sobre el cual se recorta. En Francia ha sido largamente frecuentado cuando la imagen era todavía cinematográfica (con el cine-verdad a la cabeza), y ahora que el vídeo y la televisión lo permiten, es una fórmula ampliamente aceptada en todo el mundo. En España, pese a algunos espléndidos ejemplos, como los dos retratos colectivos realizados sobre la familia Panero, por Jaime Chávarri y Ricardo Franco, o los Juguetes rotos (1966), de Manuel Summers, esta tradición ha sobrevivido con muchos altibajos, y no siempre con tan excelsos resultados. El año pasado se produjeron dos interesantes producciones, una sobre el cineasta francés Chris Marker, él mismo un maestro del retrato fílmico, y otra sobre el gran poeta José Ángel Valente. Ambos realizados en vídeo, el primero, Las variaciones Marker, para acompañar la edición de un pack en DVD, editado por Intermedio, escrito y dirigido por Isaki Lacuesta, y que cuenta con la decisiva aportación del montaje (y voz en off) efectuado por Sergi Dies; el segundo, El lugar del poeta, es un documental de formato televisivo, escrito y dirigido por David del Águila, y que cuenta con la colaboración en montaje y producción de Alberto Gómez, ambos fundadores de la productora 29letras. Las dos producciones intentan acercarse a la vida y obra de unos excepcionales autores, y en los dos casos, juega una gran importancia el espacio, la geografía por la que esos autores han deambulado a través del celuloide y el papel, de la imagen y la palabra. Veámoslos más en detalle.
1. LAS VARIACIONES DE MONSIEUR MARKERLas variaciones Marker, Isaki Lacuesta y Sergi Dies, 2007, 34'
El resultado de esta propuesta es un mediometraje compuesto a cuatro manos sobre la base de algunas imágenes que a lo largo de su trayectoria nos ha brindado el magistral autor de La herencia de la lechuza (L´héritage de la chouette, 1989). La enunciación de este último título no es para nada casual (se trata de ua serie televisiva que indaga sobre la cultura griega). El Chris Marker al que defiende mayoritariamente la modernidad actual, dentro de la cual podemos encontrar Las variaciones Marker, o la propia introducción escrita por Gonzalo de Lucas en el cuadernillo editado para acompañar al pack, nos habla ante todo de un Marker colocado en dos de las cuatro coordenadas en las que suele ser situado habitualmente, a saber: Japón y los gatos. Nada que objetar, sin duda, a esta visión fragmentaria de un cineasta que tantas y tantas imagenes de Japón y de los gatos nos ha regalado a lo largo de su extensa filmografía. Pero uno no puede menos que echar en falta las otras dos coordenadas sin las cuales el retrato de Chris Marker no puede estar completo: Grecia y las lechuzas.
La lechuza puede considerarse igualmente un signo de conocimiento y de muerte. El grito de la lechuza presagia la muerte, de igual manera que es un ave considerada un símbolo de cómo ver a través de la oscuridad, en su caso para cazar y sobrevivir. En este doble sentido la lechuza ya se relaciona con la antigua Grecia, con la búsqueda de la verdad mientras nos movemos en las tinieblas, con una forma de existir en un mundo rodeado por las sombras de la muerte, lo que atañe y condiciona a nuestra propia búsqueda de verdad y sabiduría (en el sentido de conocimiento filosófico). Así las cosas, se podría establecer que si Japón significa el lado humano y ético de Marker y supone, como dijo Semprún en su libro Montand la vida continúa (1983): "la máscara de la vida desenmascarada. La máscara fría y refinada de la muerte sobre las múltiples caras de la vida. La máscara desmaquillante del más allá sobre el ser-aquí", lo que proporciona un punto de vista sub species aeternitatis, Grecia otorga el aliento cultural y estético de Marker. Del cruce de caminos entre estos dos puntos cardinales sale el arte markeriano. Si Japón es la tradición, Grecia es la experimentación. Si un gato es el emblema de la oposición al poder, la lechuza es el emblema de la vida entendida como conocimiento, pero visto éste desde su estadio superior, un conocimiento metafísico. En términos cinematográficos podemos decir que, si bien Marker siempre ha rechazado el término de cinema-verité para su cine, no es menos cierto que, dicho con sus palabras, para él "la verdad puede no ser la meta pero sí el camino". En mi opinión, por lo tanto, su cine se fragua estéticamente en la búsqueda experimental de un conocimiento (que no tiene que ser ya solamente filosófico, sino inclusive existencial y místico), tal y como se dió en la Grecia clásica, pero también tal y como la cultura de la Grecia moderna, partiendo de sus clásicos, ha frecuentado en autores como Theo Angelopoulos, Vasili Vasilikós, Petros Márkaris, Yannis Ritsos, Eleni Karaindrou, Mikis Theodorakis o Iannis Xenakis. Un arte del mito que, a día de hoy, se encuentra inmanente en la vida cotidiana, a la que hay que interrogar para ir descifrando su misterio.

Volviendo al film de Lacuesta y Dies, prácticamente nada encontramos de este rastro. Resulta chocante porque no creo que se pueda entender bien a Marker si esa coordenada de experimentación, propia de lechuza helénica que le caracteriza, se deja de lado. Y, por contra, uno entiende porqué el elemento asiático acaba teniendo tanta importancia, ahora que lo oriental tiene su boom particular. Que la pobre Grecia haya quedado enterrada bajo las aguas, como la mítica Atlántida, parece muy acorde con los signos de los tiempos en los que vivimos. El film intenta pues un retrato de un autor que se encuentra de alguna manera ausente, que da la sensación de haberse ido de vacaciones dejándoles, en compensación, unos souvenirs de cartas postales, para que ellos tentaran la realización de su película. En honor a esta ausencia, los cineastas catalanes han hecho un film de epígonos. Han remontado a Marker para intentar conseguir lo imposible, una variación markeriana. Evidentemente, no es que no sea posible realizar una variación desde la obra de Marker, como no lo es, en efecto, considerar el cine markeriano como toda una serie de variaciones en sí mismo. Pero creo que nos estamos perdiendo algo verdaderamente importante si nos quedamos aquí, porque la filmografía de Marker tiene un valor más allá de la influencia recibida, como el cine de Isaki Lacuesta tiene un valor por ser él mismo, más que cuando mimetiza el estilo de otro. Ya se sabe que a todos nos gusta vampirizar, pero hay que tener la honestidad como autor para buscar siempre algo nuevo. No me cabe la menor duda que ese hálito se encuentra en la inspiración como cineasta de Lacuesta, pero, por una vez, y es cuanto menos irónico que sea aquí, precisamente, con un autor que siempre busca una forma nueva de expresión, donde ese impulso le ha fallado. Y, en mi opinión, esa carencia tiene que ver con el silencio guardado ante la importancia de esa cultura griega de la experimentación.
La mirada de Marker se construye en parte, como bien nos resalta Lacuesta en el capítulo de Los trazos, de una manera que las palabas citadas de Henri Michaux saben expresar, aunque en principio no estén escritas pensando en su cine, sino en la lengua china; pero, por otra (aquí silenciada), con el mundo de las Ideas platónico. La realidad es el recuerdo de una idea, puede ser incluso que en Marker sea más bien el recuerdo de una imagen, vista con anterioridad y perteneciente a un mundo que se escapa al poder desgastador del Tiempo. Todo es recuerdo. La memoria -y no "los sucesos silenciados y el poder represivo de la cámara" (como apunta Gonzalo de Lucas)- es el verdadero centro de gravedad de su cine. Pero es una memoria contemplativa que tiene que servir para generar una esperanza, algún tipo de utopía, de un mundo ideal/imaginario, al que volvemos milagrosamente en contados y especiales momentos de nuestra vida, mientras somos destinos telúricos. Así, entre la memoria y la esperanza, entre el ensayo y la ciencia-ficción, se conforma el mapa markeriano. Lo bueno es que, en Marker, no existen compartimentos estancos, con lo cual no podemos relacionar enteramente al pasado con Japón y al futuro con Grecia, o viceversa, porque todo se encuentra sabiamente mezclado, lo que implica que si uno disocia una de las partes, nubla la mirada auténtica con la que Marker crea sus ensoñaciones fílmicas. Porque con Marker, al igual que pasa con Tarkovski y también con Vértigo (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958), el espectador entra en una zona que bien recuerda al espacio de los sueños, ya sean éstos vistos como pesadillas o como ficciones maravillosas. El uso de las imágenes markerianas empleadas en Las variaciones Marker remite a esa zona onírica, pero el montaje utilizado no termina de encontrar la vía de acceso que nos permitirá adentrarnos en esta zona o dispositivo laberíntico que supone la obra markeriana. En definitiva, se necesitaba otra mirada, no la mimetizada por Lacuesta y Dies, sino quizás la suya propia, la de ellos mismos emplazada en el margen de ese tema central que es Marker, para poder aventurarse en esa zona en la que, como en todos los espacios poéticos y artísticos, una pregunta nos aguarda. Por desgracia, en esta ocasión, Marker se les ha escapado marchándose de vacaciones. ¿A Atenas quizás?
2. LA LUZ, EL DESIERTO... LA MUERTE
El lugar del poeta, David del Águila, 2007, 50´aprox.
La perspectiva desde la cual David del Águila nos muestra a José Ángel Valente es telúrica-espacial. La importancia del relato reside en todo momento en el espacio elegido por Valente tras su regreso a España, tras su paso por Oxford y Ginebra, lugares propios de la Europa sombría, con la intención de encontrar el paisaje físico de su mundo poético. Éste aparece ante sus ojos, finalmente, en Almería, en el Cabo de Gata, el desierto de Tabernas, el barrio de La Chanca, y como último confín del camino, en su casa misma. Todos estos lugares tienen en común la búsqueda de una luz, que alumbre una realidad bañada por una inquietud mística, en la que la vida adquiere un poso espiritual que necesita del lenguaje para ser invocado. El documental, otro mediometraje, se apoya sabiamente en las entrevistas realizadas a amigos y escritores que le frecuentaron en vida, muy especialmente en su etapa almeriense, hasta su muerte en el año 2000.
Del Águila juega por lo tanto de manera muy consciente con el paisaje que sirvió de estímulo e inspiración al poeta. El recorrido intelectual al que asistimos tiene su justo anclaje terrenal en los parajes que Valente mismo recorrió y amó. También su dedicación mundana a revalidar un barrio como La Chanca, que vivía una marginalidad propiciada por los poderes públicos y privados. La lucha y el empeño de Valente para dignificar estos lugares, y no permitir que fueran pasto de oscuros intereses, nos muestra a un hombre comprometido políticamente (en el sentido griego del término) por el entorno que le rodea y que le hace, en tanto que poeta y como hombre. Ver imágenes de Valente en actos civiles para proteger esos paisajes y esa realidades ciudadanas demuestra que lo espiritual no está reñido con lo prosaico, cuando precisamente esa espiritualidad depende en gran medidad del destino de esa realidad natural y social. En consonancia, ese parece ser también el combate del cineasta, David del Águila, que también se expresa a él mismo en el diálogo que entabla con el poeta Valente. Precisamente, por esa elección sobre la materia habitable, es posible hablar también de la otra tierra de Valente, Ourense, y las peculiaridades gallegas que conservaba en su persona. Sin embargo, y sin renunciar a esa idiosincrasia gallega, la tierra elegida, casi prometida, por el poeta, por sus palabras, es la aridez desértica y luminosa de Almería.
Las sucesivas entrevistas que jalonan el sucinto metraje nos hablan del valor pesonal y artístico de Valente, pero siempre a partir de su compromiso con el espacio almeriense. Todas ellas nos retratan cabalmente a uno de los autores más importantes del siglo XX, y junto a sus logros poéticos, podemos observar testimonios insólitos, como esas fotografías que lo muestran junto a su amigo Juan Goytisolo siguiendo los pasos flamencos de una cantaora en La Chanca. Poco a poco, las palabras de sus amigos van desvelando el valor de su poesía: se habla de su tendencia a lo transcendente, del misticismo, del amor físico a lo telúrico, a la luz, a la labor espiritual del poeta, a su amor a los libros y a las palabras, su serena y convulsa preocupación ante la muerte. Pero quizás el elemento que más llama la atención es la radicalidad y el compromiso ante su propia obra. Todos coinciden que Valente no era un autor mediático, que construyó su obra en soledad (lo que nunca le apartó de la solidaridad fraternal que lo animaba constantemente), y que fue celoso de su individualidad creativa, buscando, como dice Goytisolo, aportar algo nuevo en la tradición lingüística y literaria de la que partía: la lengua española (también la gallega) y el misticismo tal y como lo concibiera San Juan de la Cruz.
La mirada de Marker se construye en parte, como bien nos resalta Lacuesta en el capítulo de Los trazos, de una manera que las palabas citadas de Henri Michaux saben expresar, aunque en principio no estén escritas pensando en su cine, sino en la lengua china; pero, por otra (aquí silenciada), con el mundo de las Ideas platónico. La realidad es el recuerdo de una idea, puede ser incluso que en Marker sea más bien el recuerdo de una imagen, vista con anterioridad y perteneciente a un mundo que se escapa al poder desgastador del Tiempo. Todo es recuerdo. La memoria -y no "los sucesos silenciados y el poder represivo de la cámara" (como apunta Gonzalo de Lucas)- es el verdadero centro de gravedad de su cine. Pero es una memoria contemplativa que tiene que servir para generar una esperanza, algún tipo de utopía, de un mundo ideal/imaginario, al que volvemos milagrosamente en contados y especiales momentos de nuestra vida, mientras somos destinos telúricos. Así, entre la memoria y la esperanza, entre el ensayo y la ciencia-ficción, se conforma el mapa markeriano. Lo bueno es que, en Marker, no existen compartimentos estancos, con lo cual no podemos relacionar enteramente al pasado con Japón y al futuro con Grecia, o viceversa, porque todo se encuentra sabiamente mezclado, lo que implica que si uno disocia una de las partes, nubla la mirada auténtica con la que Marker crea sus ensoñaciones fílmicas. Porque con Marker, al igual que pasa con Tarkovski y también con Vértigo (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958), el espectador entra en una zona que bien recuerda al espacio de los sueños, ya sean éstos vistos como pesadillas o como ficciones maravillosas. El uso de las imágenes markerianas empleadas en Las variaciones Marker remite a esa zona onírica, pero el montaje utilizado no termina de encontrar la vía de acceso que nos permitirá adentrarnos en esta zona o dispositivo laberíntico que supone la obra markeriana. En definitiva, se necesitaba otra mirada, no la mimetizada por Lacuesta y Dies, sino quizás la suya propia, la de ellos mismos emplazada en el margen de ese tema central que es Marker, para poder aventurarse en esa zona en la que, como en todos los espacios poéticos y artísticos, una pregunta nos aguarda. Por desgracia, en esta ocasión, Marker se les ha escapado marchándose de vacaciones. ¿A Atenas quizás?
2. LA LUZ, EL DESIERTO... LA MUERTEEl lugar del poeta, David del Águila, 2007, 50´aprox.
La perspectiva desde la cual David del Águila nos muestra a José Ángel Valente es telúrica-espacial. La importancia del relato reside en todo momento en el espacio elegido por Valente tras su regreso a España, tras su paso por Oxford y Ginebra, lugares propios de la Europa sombría, con la intención de encontrar el paisaje físico de su mundo poético. Éste aparece ante sus ojos, finalmente, en Almería, en el Cabo de Gata, el desierto de Tabernas, el barrio de La Chanca, y como último confín del camino, en su casa misma. Todos estos lugares tienen en común la búsqueda de una luz, que alumbre una realidad bañada por una inquietud mística, en la que la vida adquiere un poso espiritual que necesita del lenguaje para ser invocado. El documental, otro mediometraje, se apoya sabiamente en las entrevistas realizadas a amigos y escritores que le frecuentaron en vida, muy especialmente en su etapa almeriense, hasta su muerte en el año 2000.
Del Águila juega por lo tanto de manera muy consciente con el paisaje que sirvió de estímulo e inspiración al poeta. El recorrido intelectual al que asistimos tiene su justo anclaje terrenal en los parajes que Valente mismo recorrió y amó. También su dedicación mundana a revalidar un barrio como La Chanca, que vivía una marginalidad propiciada por los poderes públicos y privados. La lucha y el empeño de Valente para dignificar estos lugares, y no permitir que fueran pasto de oscuros intereses, nos muestra a un hombre comprometido políticamente (en el sentido griego del término) por el entorno que le rodea y que le hace, en tanto que poeta y como hombre. Ver imágenes de Valente en actos civiles para proteger esos paisajes y esa realidades ciudadanas demuestra que lo espiritual no está reñido con lo prosaico, cuando precisamente esa espiritualidad depende en gran medidad del destino de esa realidad natural y social. En consonancia, ese parece ser también el combate del cineasta, David del Águila, que también se expresa a él mismo en el diálogo que entabla con el poeta Valente. Precisamente, por esa elección sobre la materia habitable, es posible hablar también de la otra tierra de Valente, Ourense, y las peculiaridades gallegas que conservaba en su persona. Sin embargo, y sin renunciar a esa idiosincrasia gallega, la tierra elegida, casi prometida, por el poeta, por sus palabras, es la aridez desértica y luminosa de Almería.
Las sucesivas entrevistas que jalonan el sucinto metraje nos hablan del valor pesonal y artístico de Valente, pero siempre a partir de su compromiso con el espacio almeriense. Todas ellas nos retratan cabalmente a uno de los autores más importantes del siglo XX, y junto a sus logros poéticos, podemos observar testimonios insólitos, como esas fotografías que lo muestran junto a su amigo Juan Goytisolo siguiendo los pasos flamencos de una cantaora en La Chanca. Poco a poco, las palabras de sus amigos van desvelando el valor de su poesía: se habla de su tendencia a lo transcendente, del misticismo, del amor físico a lo telúrico, a la luz, a la labor espiritual del poeta, a su amor a los libros y a las palabras, su serena y convulsa preocupación ante la muerte. Pero quizás el elemento que más llama la atención es la radicalidad y el compromiso ante su propia obra. Todos coinciden que Valente no era un autor mediático, que construyó su obra en soledad (lo que nunca le apartó de la solidaridad fraternal que lo animaba constantemente), y que fue celoso de su individualidad creativa, buscando, como dice Goytisolo, aportar algo nuevo en la tradición lingüística y literaria de la que partía: la lengua española (también la gallega) y el misticismo tal y como lo concibiera San Juan de la Cruz.

Sin embargo, es con el propio Valente, con su voz, con las fotografías que nos muestran su imagen, con los pequeños documentos fílmicos en que lo vemos reivindicar la poesía como un ejercicio situado más allá de los favores sociales o literarios, con el que el documental toma su verdadera dimensión. Para ello habrán sido necesario esos planos preciosistas que nos muestran ese espacio real y poético a un tiempo, y en el que Valente encontró su lugar en el mundo. También los diversos testimonios que nos habrán contado a Valente. Y, por supuesto, una sentida banda sonora que une la evocadora composición original de Juanma Hidalgo con diversas canciones flamencas compuestas a partir de poemas de Valente, así como con las entrañables voces de José Sacristán y del propio poeta (sacada de documentos de archivo). Pero todo ello sirve, en última instancia, para que el retrato del autor aparezca ante nosotros en su verdadera dimensión. El artista y el hombre formando un todo asociado a su más íntimo contexto espacial. Áquel que le ha permitido tomar forma material al mundo no extenso que se encontraba en su interior, dispuesto a ser expresado, confrontado siempre al horizonte de una muerte que ya no es siquiera humana.
Se me ocurre que podríamos citar al propio Valente para apreciar convenientemente este retrato compuesto por David del Águila (a quien quizás sólo reprocharíamos un exceso de post-producción que nos revela el caracter excesivamente televisivo de su propuesta), con unas palabras que marcan la mayoría de edad del arte moderno: "hay que entender no entendiendo."
A MODO DE CONCLUSIÓN
Mientras que el film sobre Marker falla parcialmente al darnos la tierra en la que hundir las raíces de su obra, la película sobre Valente se hunde hondamente en la tierra que conforma el espacio vital del que Valente hizo brotar su poesía. Esa diferencia capital es la que en verdad determina el valor de uno y otro documental. Sin embargo, ambas producciones, con sus diferencias, muestran un camino a seguir que espero el cine español no deje de lado una vez más.
Se me ocurre que podríamos citar al propio Valente para apreciar convenientemente este retrato compuesto por David del Águila (a quien quizás sólo reprocharíamos un exceso de post-producción que nos revela el caracter excesivamente televisivo de su propuesta), con unas palabras que marcan la mayoría de edad del arte moderno: "hay que entender no entendiendo."
A MODO DE CONCLUSIÓN
Mientras que el film sobre Marker falla parcialmente al darnos la tierra en la que hundir las raíces de su obra, la película sobre Valente se hunde hondamente en la tierra que conforma el espacio vital del que Valente hizo brotar su poesía. Esa diferencia capital es la que en verdad determina el valor de uno y otro documental. Sin embargo, ambas producciones, con sus diferencias, muestran un camino a seguir que espero el cine español no deje de lado una vez más.

Fotos: Chris Marker, José Ángel Valente, Las variaciones Marker, Página web de la productora 29letras, Imagen del libro Para siempre. La sombra, colaboracion de Valente con el fotógrafo Manuel Falces y Juguetes rotos.
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