Núm. 9
Mayo - Agosto 2009
ISSN:1988-2769

28.3.08

CARPETA CLARICE LISPECTOR (XI). Para leer "Amor", de Clarice Lispector


"Was not poetry a secret transaction, a voice answering a voice?"
Virginia Woolf, Orlando


En el cuento “Amor”, la autora brasileña, Clarice Lispector, problematiza el problema de la mujer, y del ser humano en general, dentro de un espacio social delimitado. Ana, el personaje principal, se ve obligada a transitar su día cuidándose de todo aquello que la pueda desviar del rol que ha decidido desempeñar. Su vida, creación propia, está basada en el control de las cosas que le permiten moverse dentro de un espacio doméstico y apaciguado. Aún así, siempre hay un momento del día que atenta contra está “perfección” y que la enfrenta con la conciencia casi olvidada de otras formas de pensar y sentir. La escritura de Lispector envuelve al lector en una lucha de dualidades y posibilidades latentes, y lo lleva, junto a Ana, a enfrentarse a sí mismo, a sumergirse en la problemática existencial del ser. El lector es el personaje afortunado que tiene la oportunidad y la elección no sólo de caminar por las palabras de la autora, sino de sumarse a su riqueza y reflexión para tomar una postura.

Según Wolfgang Iser el verdadero receptor de los textos es el lector. Es decir, todo lo que rodea al texto y el texto mismo sólo cobran sentido cuando se lee. El planteamiento suena obvio, pero en realidad engloba la complejidad de una obra literaria y su capacidad de cobrar vida y producir reacciones. La lectura dice, pero es el lector quien recibe las palabras y las reelabora. Es por eso que el proceso de lectura se da a través de la interacción entre la estructura del texto y el receptor, dos puntos que Iser denomina como el polo artístico (el texto creado por el autor) y el polo estético (la concretización hecha por el lector). Si es así, la obra es más que el texto, cobra vida con el lector (según las condiciones del texto, por supuesto) y nuestra tarea es descubrir qué nos dice el texto, cómo nos lo transmite y si todavía tiene la capacidad de decir algo. “La obra es el hecho constituido del texto en la conciencia del lector”, dice Iser. Los textos sólo se experimentan y cobran sentido al leerse, se actualizan las palabras dentro de la recepción e imaginación del lector y se entienden uno o más sentidos que dictan las palabras del texto. El lector capta tanto lo dicho como lo no dicho (los espacios de indeterminación que deja abiertos el texto), “Lo no-dado es accesible sólo por medio de la imaginación […] las estructuras del texto son llevadas, a través de los actos de la imaginación, al cúmulo de experiencias del lector”. Es así que hoy se puede disfrutar del decir y el no decir de Clarice Lispector, de unas palabras que parecen inagotables y valiosísimas por su capacidad de generar en el lector.

“Amor” es uno de los ejemplos de fuentes inagotables de lectura, un universo al que el lector puede acceder para leer, releer, generar y regenerar sentido. A pesar de que el cuento relata tan sólo un episodio de la vida de Ana, el texto tiene la capacidad de mostrar un pedazo de mundo complejo y significativo que sobrepasa el mero acto de contar algo. Al comenzar la historia, lo que sabemos de Ana es que “un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía” y da un suspiro “casi de satisfacción”, detalles que revelan algunos datos cotidianos de su vida, pero que a la vez abrirán un complejo mundo de pensamientos y sentimientos. Esta breve descripción sumerge al lector en un episodio de la vida del personaje, de un día vivido a ya más de la mitad. La narradora da un breve recuento de la cotidianidad de Ana, de sus hijos, casa y marido, una serie de elementos y características a las que “[…] prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida”. El foco de la corriente de vida del personaje es la rutina, el hogar, sus deberes de mujer madre, esposa y ama de casa. Ana es un personaje que decide dedicar su energía a las tareas del hogar. Para ella el sentido de los días tiene que ver con cumplir con las rutinas diarias, con la perfección de una profesión de ama de casa. La seguridad radica en poder tener ese mundo bajo control. Pero todos los días, todas las tardes, se le presenta una “hora peligrosa” que atenta contra este mundo que ella ha logrado descrifar y dominar, “a cierta hora de la tarde los árboles que ella había planteado se reían de ella. Cuando ya nada precisaba de su fuerza se inquietaba”. El mundo que queda libre de las tareas domésticas implica un peligro inminente para Ana y para la vida que ella escogió. Desde el principio, queda claro que el personaje ha tomado una decisión, un camino. Dice la narradora:

"sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a volver a los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden" (cursivas mías).

Ana, con total conciencia, decide dejar atrás una forma de vida (deseo) para adoptar (y suplantar) otra que oculta o anestesia su “íntimo desorden”. Entiende que la vida es creación y construcción, “parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre […] por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado” (cursivas mías). La vida puede ser hecha por la mano del hombre y perfeccionarse ya que resulta una creación, invento y fabricación humana. Ana sabe que el ser humano siempre tiene la posibilidad de elección y ella adopta un estilo de vida y deja otro atrás.

En el destino de mujer que escoge, Ana descubrió que:

"[…] también sin felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja: con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada que muchas veces había confundida con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo quiso ella y así lo había escogido."

La vida, o la creación, está llena de diversos y complejos elementos que conviven en un mismo espacio, cosas que se contradicen pero no se excluyen. Ana lo acepta así, no se siente ni víctima ni mártir de su posición sino que sabe que es una mujer que tomó una decisión, que eligió una forma de llevar los días y de formarse a sí misma. Aún así, el estar conciente de la elección revela siempre la no elección, aquello que se dejó atrás y que se puede presentar en cualquier momento como oportunidad. A través del cuento, Clarice problematiza esta elección: el mundo de posibilidades y construcciones (todas válidas) donde el ser humano sufre el problema de estar siempre frente a la opción (la hora peligrosa) que lo puede hace dudar, reflexionar y confrontarse tanto con él mismo como con las posibilidades.

La elección, a partir de las posibilidades, parece replantear el ser o no ser existencial dentro del mundo contemporáneo. Lo que uno escoge (el ser) siempre deja latente una posibilidad, una cosa diferente (el no ser), “ella había planteado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas” (cursivas mías). La autora pone en el texto la problemática pero no da juicios de valor, sólo la capacidad de reflexión. El tomar un tipo de postura queda completamente en las manos del lector. La capacidad de reflexión frente al otro mundo, a las otras posibilidades (el ciego que mastica chicle) llevan a Ana a una crisis, a una “locura” que la lleva a meditar sobre a qué se debe prestar la corriente de vida personal. A su juventud anterior, la vida que llevaba antes de casarse (más libre, más “peligrosa”) la asemeja a una “enfermedad de vida”, “exaltación perturbada” e “insoportable felicidad”. Esa vida estaba llena de dualidades, de elementos aparentemente contrarios pero que conviven y forman lo real, las contradicciones y la complejidad vital. Esta vida exaltada, enferma, feliz se opone por completo a su vida estable (de marido, casa, familia), está en rebeldía constante con la rutina y la “seguridad” y es por eso que Ana se tiene que cuidar tanto de los elementos que la pueden llevar a ese otro polo.

Ella siente que puede respirar profundamente sólo después de que sabe que la hora peligrosa, que la puede sacar de su construcción de seguridad, ha terminado. Mientras tanto, lo que escoge, su destino de mujer, corre peligro. Es por eso que algo que rompe y se sale de la rutina, un ciego que mastica un chicle, una persona que no es como las demás pero que realiza una actividad que le pertenece (aparentemente) a los “demás”, la puede sacar de quicio, “[…] el ciego masticaba chicle…un hombre ciego masticaba un chicle”. El acto inesperado y que despoja a Ana de su certidumbre diaria rompe con el orden y el control al que ella presta su energía del día. Está tan absorta y sorprendida por el ciego que el tranvía arranca sin que ella esté lista, por lo que se le caen las compras al suelo, “Ana se puso de pie, pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad todavía incierta, incomprensible […] el mal estaba hecho”. En el momento en que Ana pierde el control se abre y despierta a otra realidad, “la bolsa había perdido el sentido y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho”. De pronto, el mundo para Ana, su familiaridad, se vuelve extraño. Pierde el sentido para abrir otro, otra forma de ver y de sentir:

"el mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad, y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia donde ir […] lo que llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso, con que ahora miraba las cosas, sufriendo espantada" (cursivas mías).

Con esta apertura y cambio se les da pie a todos los elementos de la vida, un lugar donde todo cabe, hasta lo aparentemente irreconciliable: la crisis, el placer, el sufrimiento, el espanto, la espera. El peligro de sentir todos los polos y formas de la vida es lo que lleva a una reflexión y a una confrontación. Ellas no permiten la negación, la indiferencia ni la anestesia sino que abren un abanico de posibilidades:

"Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa. Ella había apaciguado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión […] todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad, a Ana le parecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca."

Cuando despierta, se le abre el corazón a sentimientos como piedad y bondad, Ana ve a estos elementos convencionalmente positivos de forma negativa porque la hacen cuestionarse y perder el control, la sacan de su zona de comodidad y predicción. Los elementos contrarios y duales que conviven en una misma realidad le producen una náusea dulce: por un lado los nuevos sentimientos y percepciones la fascinan, le recuerdan la inagotable felicidad de la vida, y por otro la aterran, la sacan de sus casillas, de la predicción y del orden. El desconcierto y el descontrol la llevan a sentir que “le parecía haber descendido en medio de la noche”. El pesar, la náusea dulce y el sentir la llevan al extremo, a la lucidez y claridad, a una noche oscura de renovación, epifanía y crecimiento.

La experiencia la conduce al Jardín Botánico, un espacio que engloba todo, un espacio de posibilidad, de bien y de mal, un espacio que todo lo permite sin juzgar. No hay una idealización de la naturaleza ni tampoco un juicio. Al contrario, el lugar del Jardín es inclusivo, con lo claro y lo oscuro, “en los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos”. La diferencia entre la vida humana y la naturaleza es que la última es, no hay “bueno” ni “malo”, las cosas están y existen, incluye todo. En cambio, la vida humana es una construcción que siempre está seguida de un juicio de valor (“destino de mujer”) y se tiene que dejar algo atrás para escoger otra cosa, se tiene que pagar un precio dentro de la posibilidad.

El Jardín es donde Ana experimenta la vida, la náusea dulce, con más intensidad porque se da cuenta de que aún cuando creemos (y creamos) que las cosas sólo pueden ser de una forma, resulta que también pueden incluir otras con las que no contábamos, elementos que no caben en nuestra lógica de construcción. Dentro del Jardín, “los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y al mismo tiempo se sentía fascinada”.

El Jardín le hace pensar a Ana en el mundo, la sacan de su burbuja bien construida, delimitada, protegida y controlada. La náusea dulce es tanto libertad como dolor y “la moral del Jardín era otra”, una que incluye opuestos y que tiene la capacidad de abrir los ojos sin juzgar, que la fascina y la marea al mismo tiempo. La experiencia y la conciencia que el ciego desata tienen a Ana al borde del desastre, de la posibilidad, “y por un instante la vida sana que hasta entonces había llevado le pareció una forma moralmente loca de vivir […] porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto fuera creado, amaba con repugnancia”. La vida, que incluye sentimientos como la piedad y la bondad, le produce asco, la pone en un conflicto terrible donde no sabe cómo conciliar el Jardín (lleno de sentimientos y arrojos y cercanía con lo bueno y lo malo del mundo) con una existencia controlada en la que tiene el papel de mujer de familia: madre, esposa y ama de casa. Todo esto lleva a Ana a declarar, “la vida es horrible” mientras que el corazón se le llena con “el peor deseo de vivir”. Ana despierta a lo que ella misma había decidido apaciguar, callar y controlar. El Jardín la revela y le presenta el mundo de posibilidades y elementos distintos, pero no excluyentes. Recuerda y siente su ser persona, “alrededor había una vida silenciosa, lenta, insistente. Horror, horror”. Horror de despertar a la consecuencia de vivir, a saber que su existencia pasada fue una elección por la que no puede culpar a nadie más (ni siquiera a la sociedad, nunca se hace un juicio de valor sobre ella) salvo a ella misma, pero que al mismo tiempo parece imposible de conciliar con la otra. La terrible elección, el horror de tener que llevar una sola vida y pagar el precio de dejar la otra atrás (pero que siempre queda latente, posible).

Cuando sale del Jardín y está de vuelta en casa, se vuelve a encontrar en su rutina planeada y cumplida, “después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, se convirtió en una mujer tosca que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo?”. Es decir, cuánto tiempo le llevaría volver a entrar en la vida segura y controlada donde no se dejan espacios para lo espontáneo, impredecible y libre: el sentir, el instante, la opción, la piedad. En la seguridad de su casa, al término del día, “el ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico”, entre los frutos que hacen ver, que dan claridad, que expulsan del paraíso de un existencia planeada, controlada y sin riesgos.

Al final del cuento, Ana reentra a su otro mundo (se “reconvierte”) y regresa a su seguridad y elección. El ciclo termina cuando el marido la toma de la mano y la aleja del peligro de vivir, del peligro de la posibilidad y la reflexión, “había terminado el vértigo de la bondad”, ese vértigo que lleva a sentir, a dudar y a cuestionar. Ana atraviesa el amor, la piedad y el infierno que viene con ello, todo lo que la hace despertar y peligrar, “y, si había atravesado el amor y su infierno, ahora se paraba frente al espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día”. Así, sin juicio, sin ofrecer ningún tipo de solución, se vuelve al inicio.

Las palabras de Lispector crean universos que le posibilitan al lector completar los textos con cada lectura. Acercan a la realidad con todas sus formas y complejidades, paradojas de elementos que no se excluyen entre sí. Su lectura permite adentrarnos en las formas de apariencia y el deber ser con la realidad y verdad interna. Presenta los contrarios, los aparentes opuestos, pero que en realidad conviven en el día a día, así la naturaleza humana. El cuento problematiza los valores sin dar ningún tipo de juicio de valor. Es el lector quien tiene que enfrentarse con las decisiones y tomar una postura. La consecuencia de la lección de Ana es que tiene la tarea de crear algo, formar y mantener una buena familia en un buen espacio (por ejemplo hace las cortinas, se preocupa por la ropa de sus niños, por la cena, por el cuidado del departamento). Valora el control, el orden, el mantenimiento (la vida de la mujer se dedica a esto; es a lo que le presta Ana su “corriente de vida”). La importancia que la da a su vida está en “volver los días bien realizados y hermosos” a partir de la tarea o rutina de ser una buena mujer mamá y esposa y ama de casa (es el “destino de mujer”—la aceptación). Hay valor en la vida de adulto que sabe llevar a cabo los deberes y el control y la rutina conllevan una vida “sana”, predecible y segura. Pero, a través de la problematización que Clarice crea en el texto, también se transgrede el falso discurso de la mujer pasiva y se lucha contra los roles predeterminados. La autora problematiza el ser mujer, esposa y madre a la vez que ser humano libre y fiel a sí mismo. Hay un problema del ser—una reflexión y un ir y mirarse hacia dentro de uno mismo. Se entiende que todo cabe en el sentir y que ninguna cosa cancela a la otra. La autora no da juicios de valor sobre qué tipo de vida es la mejor, sino que se enfoca en hacer latente las infinitas posibilidades que presenta la vida (ilustradas con el Jardín que todo lo incluye) y frente a las que el ser humano se ve obligado a elegir y tomar una postura. Es por eso que verse frente a ellas y recordar que no sólo hay una vida sino muchas, lleva a Ana al borde de la locura a través de un momento de epifanía.

Por la misma razón de la cantidad de posibilidades, de ninguna forma Lispector pretende decir todo en una narración, sino que narra apenas un momento, medio día en la vida de Ana. La vida no es tan simple como para escoger un principio, un medio y un final. Los textos de la autora son momentos, a los que se acerca de pronto y los comparte con el lector. Pero el “final” es simplemente el término de un momento que acaba y que será seguido por otra montaña rusa de segundos en sucesión, que le permitirán al lector sentir y pensar de otras maneras. Cuando se lee a Clarice Lispector se accede a los momentos que ponen a andar la vida y que presentan siempre las posibilidades que el humano decide tomar. Siempre hay una elección: se vive dentro de la rutina, lo predecible o lo seguro, o se entra al universo de lo espontáneo, a otras formas de vida. Depende de cada uno.


Obras citadas
Lispector, Clarice. “Amor”. Cuentos reunidos. México: Alfaguara, 2001. Pp. 45-54.
Wolfgang, Iser. “El acto de la lectura. Consideraciones previas sobre una teoría del efecto estético”. En busca del texto. Teoría de la recepción literaria. Dietrich Rall. Compilador. México: UNAM, 1993. Pp. 121-143.



Texto: María José Coutiño Bosch

Fotos: Monika Brand

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