Núm. 9
Mayo - Agosto 2009
ISSN:1988-2769

4.2.08

TEXTURAS. Una cuestión de identidad. Sobre "Dossier K.", de Imre Kertész


¿Qué puede llevar a un escritor a entrevistarse a sí mismo? Podriamos contestar que la falta de buenas preguntas a las que dar respuestas, pero me parece que estaríamos dando pistas falsas. Muy por encima de ello tendríamos que interrogarnos sobre la necesidad que tiene un autor de desdoblarse, de llegar a ser otro diferente a uno mismo. Esto siempre le ha fascinado al autor de Yo, otro (1997). En realidad, él mismo lo explicita durante esta larga entrevista autoimpuesta. Todo parece tener que ver con un problema de identidad. ¿Quién es en realidad este judío nacido en Hungría, superviviente de los campos de exterminio nazis, oprimido ciudadano de una oxidada dictadura comunista, e irónicamente convertido en premio Nobel de literatura al final de sus días? Si ya es difícil conocernos a nosotros mismos, ¿podemos imaginar que es posible conocer al otro? Y, ¿qué necesitamos saber para decir que verdaderamente conocemos a alguien?

Una manera de acercarnos sería indagar su lado público, en este caso, hablar de su faceta como escritor. Para aproximarnos al Kertész autor podríamos decir que reconoce a Albert Camus, Thoman Mann y Thomas Bernhard como los escritores a los que considera sus maestros, con lo que tiene una mayor deuda adquirida. Que la quintaesencia de su arte nace del hecho de haber sobrevivido a la experiencia concentracionaria de Auschwitz. Que, como dice en un momento de Dossier K.,

"- Lo cierto es que tenemos que empezarlo todo desde el comienzo.

- ¿Es éste realmente el tema de Liquidación?

- Es el tema de todas mis obras..." (1)

He aquí un punto de partida. Desde aquí podemos establecer que ese recomenzar de nuevo tiene que ver con dos sucesos traumáticos: la pérdida de la confianza en el mundo producida tras Auschwitz, y el hecho de que Kertész fuera dado por muerto en un momento de su estancia en el campo de concentración. Junto a esto último, trataríamos también de su "resurrección", cual Lázaro moderno, que le produce probablemente su primer, y en todo caso su más agudo, conflicto de identidad. El malestar inherente a su experiencia de muerte, que constituye su experiencia de vida renacida tras la liberación de los campos, y que le ofrece el material primigenio para su actividad creativa, marcando la vida y la obra de Kertész. Ese malestar es el que debemos analizar para entender Dossier K. y, desde este libro, alumbrar con algo de sentido el significado del conjunto de su obra.

Auschwitz, por lo tanto, en primer lugar. Pero, en Kertész, como en todos los judíos que sobrevivieron a la barbarie nazi, esto se convierte en complejo de culpabilidad. En un momento de la entrevista nos dice: "El superviviente es una excepción, la consecuencia de una avería en la maquinaria de la muerte, como observó Jean Améry con acierto. Por eso resulta quizá difícil conformarse y simpatizar con esa existencia excepcional e irregular que supone la supervivencia." (2) Esto ya hace la propia existencia bastante problemática, porque a partir de un determinado momento uno ya se sabe víctima, un ser odiado por el simple hecho de existir. Pero además: "El secreto de la supervivencia es la colaboración, pero al admitirlo te cubres de vergüenza, de tal manera que prefieres negarlo antes que asumirlo." (3) De ahí que también prefieres negar tu identidad antes que vivir con tu vergüenza. Hay que crear otra identidad, por lo tanto, sobre la base de que eres un deshecho y que, "Sí, quedar con vida después de Auschwitz, pues...es un poco banal. Podría decir que exige una explicación." (4)

La siguiente muerte que el superviviente Kertész tiene que pasar ocurre cuando, decidido a ser escritor para contar sus vidas, "elige" quedarse en Hungría y vivir en una sociedad totalitaria. Kertész se convierte así en un peculiar difunto Matías Pascal, sólo que al revés, tomando el camino más difícil para no poder huir de su destino como víctima. La vida a la que queda condenado, es una vida anónima, subterránea, bajo sospecha continua. Es, como él mismo expresa, "el sentimiento del absurdo de la vida, la simple e irrefutable verdad de la impotencia y de estar a merced." (5) Pero esta vez bajo un totalitarismo de izquierdas, donde "la ´élite` que yo tanto apreciaba me tenía por un patán y un inculto, y la mirada de mi madre me recorría a veces con desconfianza y cierta apremiante expectativa." (6) Kertész pasa así a convertirse en un paria del orden comunista. De nuevo se repite, como decíamos, una muerte, otra vez bajo la máscara de una vejación y una humillación vergonzosa. En relación a su vida como ciudadano de una sociedad comunista, dice Kertész: "Ya ves, así funciona una dictadura bien organizada. La necesidad de subsistir me convirtió en colaborador." (7) Por segunda vez, la ignominia de ser despreciado y además convertido en engranaje de la maquinaria que te está destruyendo, física y psíquicamente en Auschwitz, moralmente en la Hungría de Kádár.

De estas dos muertes, Kertész ha salido renacido, a partir, probablemente, de sus propias cenizas, cual Ave Fénix. Ello ha sido posible gracias a la literatura, a su empeño como ecritor. Pero, lo grandioso en la empresa kertésziana es que la obra que ha levantado ha sido erigida desde el más absoluto de los descreimientos, desde la falibilidad y la fragilidad de cristal del mundo y de su persona. Toda la entrevista que nos es ofrecida en Dossier K. está plagada de frases que demuestran su escéptica concepción de la existencia. Pongamos algunos ejemplos.

Sobre el ser humano: "Respetemos la falibilidad e ignorancia del ser humano: no hay nada más triste que tener razón..." (8); "recuerdas a Catón, el que amaba a los derrotados..." (9)

Sobre la literatura y su propia obra: "Como en ésta [La divina comedia, de Dante], también en mi obra un hombre se perdía...Creo que esa era la sustancia de la historia, como también de mi vida: me perdí." (10); "Poseo muchos defectos, pero no el de tener una vocación." (11); "Cuando empiezo a trabajar, el mundo se convierte en mi enemigo..." (12); "A mí, que no soy importante, me importa, sin embargo, algo que no es importante: así, más o menos, es nuestra relación con la literatura." (13)

Sobre sí mismo: "queda fuera lo más importante: el sentimiento que dominaba mi vida: la angustia." (14); "Todo lo hacía por error. En general, vivía en el error total." (15); "Para existir debía salirme de algún modo de mi existencia." (16)

La existencia vista como un problema irresoluble. Quizás, la única forma de encontrar una solución era encontrar otra u otras identidades, destruir la frontera entre realidad y ficción para vivir otras vidas que le hicieran aceptable la vida que había quedado traumatizada por los acontecimientos históricos que le habían tocado vivir. Él mismo se responde a la pregunta de "¿No experimentaste una crisis de identidad?", de la siguiente manera: "No. Tanto menos como que carecía de identidad. Ni la necesitaba...¿Para qué? ¿Qué podía hacer con ella? Lo que necesitaba era capacidad de adaptación, no identidad. Además, esa llamada doble vida era mucho más divertida que si me hubiera desgastado exclusivamente en la monotonía de la calle Baross." (17)

La propia familia de Kertész ya preludió esta postura de nuestro autor cuando su abuelo paterno cambió el apellido Klein por una versión más húngara. El Kertész escritor creó a su alter ego, György Köves, que en realidad tiene mucho de señuelo literario con el fin de introducirnos en un establecido mapa de realidad-ficción con el que poder dar base, tierra firme, a sus novelas. Esa realidad-ficción, que no es ni sólo realidad, ni sólo ficción, sino que se representa con una topografía nueva de la expresión literaria, condiciona a todos sus escritos narrativos, ya sean novelas, relatos breves o ensayos. Es en ese punto intermedio en el que su experiencia es la suya, le pertenece, pero no más que al narrador que es también, y que tiene sus propios intereses dramáticos. La realidad queda superada por la ficción, quizás sobre todo en sus narraciones, pero de alguna manera también en sus artículos y ensayos. La idea realmente bonita en Kertész es que no pretende ser otra cosa, no aspira más que a ser un escritor. No se considera un historiador, ni un político, ni un filósofo, ni un intelectual, ni nada más (ni menos) que un escritor. Lo que él reivindica constantemente, en las páginas de Dossier K. pero también en toda su obra desde un principio, es su voz de escritor, por encima de cualquier otra consideración. Ahí es donde su identidad ha cristalizado, otorgando cierta presencia a su persona. Una persona que vive para ese mundo que ha creado, y gracias al cual, a buen seguro, ha conseguido evitar la solución del suicidio que no evitaron sus admirados Paul Celan, Tadeusz Borowski, Primo Levi, Jean Améry y tantos otros. Todos ellos fueron también escritores, figuras literarias que al disfrutar de libertad política se sintieron escapar fútilmente de la metáfora de Auschwitz, un espejismo que al contacto diario con la realidad les hundió más y más en una sima. Por contra, Kertész, sumido en las aguas pantanosas de la dictadura, vivía diariamente, cotidianamente, los restos dejados por Auschwitz en la sociedad en la que desarrollaba sus libros. Hoy en día, cuando la palabra escritor parece que se queda pequeña ante los curriculos y las titulaciones, los cargos y los premios, Kertész ha sido sobre todo Kertész en la medida en que ha sido un simple escritor, entendiendo esta palabra en tanto que escritor personal, no el todoterreno que igual escribe una oda que una novela-río, es decir, no un profesional, sino simplemente un hombre que escribe, o mejor, que se escribe. Es así como hay que entender su distanciamiento a su etapa como periodista, o a la de escritor de comerciales y populares comedias teatrales .

Kertész nos dice que llegó demasiado tarde a Kafka, a causa de la mediocridad del mundo editorial comunista, de tal forma que no le influyó en demasía a su estilo, a pesar de la enorme admiración que dice guardarle. En esto creo que se equivoca. Kertész es profundamente kafkiano, y su literatura surge en una tradición literaria que tiene en Franz Kafka a su más ilustre representante. Otra cuestión es que la influencia de Kafka le haya venido filtrada a través de otros escritores, especialmente sus reconocidos maestros, Camus, Mann, Bernhard, y en general una literatura centroeuropea. Pero su humor y su amargura, su fraseo y ritmo, su temática y su visión del ser humano, se acercan más a Kafka, que a Joyce o Proust, por poner a los otros dos grandes referentes de la literatura moderna. Aunque Kertész sea un excelente ejemplo de literatura permeable a esas otras dos tradiciones literarias, frente a posturas más puras, Kafka es su paradigma.

Por eso, al igual que en la genial obra de Kafka, el individuo es el centro de gravedad de su estilo, de su estética. Un individuo atenazado por las ideologías, la arbitrariedad del poder, el sinsentido de la vida, la nada que acecha, y el vano consuelo de unas relaciones humanas que tan sólo cuando son verdaderamente sentidas aportan un valioso atisbo de felicidad a nuestras vidas. Sobre este individuo, que busca un poco de consuelo en las formas del amor y en la cultura que le habla sinceramente a él, esboza Kertész las señas de identidad de un autor futuro, alguien que solamente viene a dejar oír su voz en una conversación ya milenaria, para tratar de iluminar tenuemente los rincones sombríos que dotan de un carácter fúnebre y tétrico a cada época. Un afán de convertir la experiencia personal en universal, pero sabiendo que ya no hay sistemas, ni dogmas, ni credos que nos rediman de nada. Que estamos solos en un mundo fragmentario en el que la civilización, entendida como refinamiento cultural, no garantiza que el espíritu humano no vuelva a caer en la atrocidad más espeluznante.

Finalmente, podríamos decir que este irrenunciable individualismo supone una buena contradicción en alguien que no ha dejado de sentir su identidad individual como algo continuamente problemático. Pero, cerrando el presente artículo con las mismas palabras con las que Kertész cierra su autoentrevista: "Veo contradicción por doquier. Pero me gustan las contradicciones."
(18)



Notas: (1) p. 187; (2) p. 69; (3) p. 66; (4) p. 156; (5) p. 85; (6) p. 96; (7) p. 174; (8) p. 157; (9) p. 61; (10) p. 95; (11) p. 132; (12) p. 172; (13) p. 201; (14) p. 95; (15) p. 98; (16) p. 99; (17) p. 63; (18) p. 204.




Texto: Max Caution
Fotos: Imre Kertész - Auschwitz - Gulag soviético - Franz Kafka


Las 18 notas de este artículo están sacadas de: Dossier K., de Imre Kertész. Acantilado, Barcelona, 2007.
Traducción: Adan Kovacsics.

SHANGRI-LA [p-link]

<< Página principal