CARPETA DIANE ARBUS (IV). El revés y el frente
Naked man being a woman, New York, 1968
Mujeres atrapadas en cuerpos de hombres, desafiantes, agresivas, como muñecas rotas en día de milagro. No hay fórmula magistral, ni salvación repentina, siente quien puede permitirse ese lujo. Pinten bocas, párpados y mejillas. Salgan al escenario y representen su función de brillos y plumas. El anochecer llena de infortunio a los corazones débiles, no hay límite para el sufrimiento. La expresión dura del rostro hermético que dibuja arcos en sus cejas desmiente cualquier signo de flaqueza. Brazos afeitados, vientre recio de hombre. Soledad. Niños que sollozan, su llanto de la tristeza más terrible. Como si les hubieran condenado a no crecer, a permanecer por siempre en un mundo en el que nada comprenden y les aterra. Lágrimas que se despeñan, pienso en el dolor de los niños sin techo, los abandonados en las guerras, los huérfanos, los que han presenciado la muerte del hasta ahora, antes de que el sólido equilibrio de lo conocido se transformase en el pálido reflejo de una vida que no pueden evitar echar de menos. Lloran los niños su miedo, su ira, como lo harían sus padres si el futuro no fuese más que una invención, una quimera, una burda mentira más, una ventana con vistas a un muro tapiado.
Adultos comprimidos en cuerpos reducidos, su apariencia infantil no lleva a engaño, la realidad se petrifica en una fotografía con la misma indecente solemnidad que para el resto de los mortales. Pies pequeños, manos gordezuelas, miradas agudas que provocan sobresalto. Gigantes, por el contrario, su brutal presencia en un cuarto convierte en diminuto cuanto les rodea. Dantescos, impresionantes, algún día fueron chiquillos, sus cuerpos ocuparon tan solo una pequeña parte de la cama. Sintieron miedo, frío, alegrías explosivas y deseos de volar, al igual que los otros niños. Antes de la gravedad de su voz sonaba un timbre cristalino en sus gargantas. Y de nuevo ellos, los niños, clones de dos, tres, versiones diferentes. Expresiones idénticas, corazones independientes, posarán para la foto como gotas exactas de agua pero no escaparán al inevitable destino del ser humano: soledad sin remisión, nacer en el momento que el azar lo dispone, morir cuando la aguja del destino así lo marque, sin más compañía que el propio desamparo, compartida la vida con la versión doble, triple que a diario devuelve el espejo.
Habitaciones espartanas, figuras accidentales, el mensaje es NO HAY NADA MÁS y ello conmueve; perro y dueño con el mismo aspecto interrogante; viuda desolada, su casa un polvorín de jirones de pasado, hacinados para acompañarla en el trance. La impavidez de un monólogo silencioso, los ojos del muchacho imputan, la boca desdeña. La mujer le contempla con aire protector, como tomándole la medida para un suceso futuro de gran trascendencia. ¿Es posible que le esté ocurriendo.. ?- parece preguntarse - ¿incluso tan.. joven? Como si hubiera sido distinguido por algo que a su alrededor le fue negado al resto o sobrellevase una enfermedad de las que anidan con rapidez en un cuerpo y permiten a su dueño total autonomía de movimientos a cambio de una palidez plomiza, la sensación de descenso en los ojos, un halo de absoluta unicidad frente a los demás.
Retired man and his wife at home in a nudist camp one morning, New Jersey, 1963
Delirante la visión de la superestrella sumida en su particular momento de locura. Su cuerpo enjuto, expuesto, enfatiza la expresión desviada de su rostro, como si fuera imperativo desconectar de la realidad y hubiera que girar la manivela que ajusta el ritmo del impulso vital para no desorbitarse, para enfocar a la cámara de Diane su par de grandes ojos y mostrar sin palabras el mismo hastío que cuando los vuelve al cielo de sus párpados. ¿Qué fue de la vida?, parece decir el anciano a su esposa, sentados en el parque. ¿Qué pudo ser lo que aceleró el tiempo, llenó de tedio y desconsuelo cada uno de los días que estamos viviendo?¿Y cuánto nos queda?, podría contestar ella, ¿llegaremos al final lúcidos, por qué hemos de arrugarnos de este modo, cuál es el último sonido que se escucha?
Primeros planos flamantes, la mujer con tocado, velo y sonrisa satisfecha. Podría anunciar en cualquier momento una noticia insólitamente maravillosa. Su expresión victoriosa venga quizá de la alegría de posar con alguien importante para ella, de su propia simpatía, estar en paz consigo misma, ser una triunfadora, no tener ya nada que perder y sí mucho ganado, tenerlo Todo, cuando ello es más de lo que nunca soñó. O quizás esa mueca no sea más que el inicio de una risa que termine convirtiéndose en una larga carcajada, intentadlo ilusos, adelante.. su voz interior, crecida, más divertida que nunca. El hombre de uñas largas, rulos en el pelo, labios de mujer y expresión absorta. Le cabe en la boca entreabierta la palabra admire, su rostro lleva desfachatez, convicción y desafío a las dosis justas para semejar abstraído en un mirada que como siempre, dispara el ojo izquierdo hacia un horizonte más lejano que el derecho. Hasta le veo un punto de desprecio, pero sólo si pienso en algo verdaderamente injusto.
La mujer mal encarada, cejas al centro, labios contraídos, la de los pendientes como bombas, perlas al cuello, mirada aviesa. Es el rostro de la palabra fastidio, el gesto de quien no soporta, el pasillo sin salida, la falta de alternativa. Su número sería el uno, su color el gris, quizás cierre los ojos como todos, desfrunciendo lentamente la piel de la frente, acomodando las cejas en una ene uniforme, perdida la uve intolerante. Debe ser duro. ¿Duele? La vejez enmascarada, la quietud de un rictus, cuando la juventud pierde entusiasmo, el mundo entero se estremece, decía Georges Bernanos. ¿Será así entonces, cerrar los ojos un día y sentir cómo el frío nos empala? ¿Y qué hay a cambio? ¿Por qué razón el tiempo juega a dejarse atrapar en una fotografía? ¿Qué extraña alianza convierte miradas crueles en inocentes guiños? ¿Qué opinan los personajes de las imágenes de los ojos que los estudian, los dedos que los recorren, los labios audaces que besan la cartulina pero sienten sobre sí un aliento que jamás han perdido en lo cercano?
Sobre frágiles hilos cuelgan las sonrisas de los niños eternos, los que habitan espacios (infantiles y seguros) que no migrarán jamás al azote de la edad madura, mientras su cuerpo se distancia brutalmente de esa niñez y les confiere el aspecto ambiguo del niño viejo, sumidos en mundos complejos de dos dimensiones que llevan la tristeza descarnada al extremo de la alegría más procaz en cuestión de segundos. ¿De qué pasta son sus sueños, qué hay tras esa alegría que se apea a veces por sorpresa, como si hubiera sido advertida por un sonido, una nota desafinada de un violín dando la señal para el toque de queda? Son sus abrazos demoledores, sus risas desaforadas, el verbo que se arrastra entre la gota de saliva que cuelga de sus labios, sonriente casi siempre, expectante también; son sus miradas limpias, la ausencia de maldad, lo que les dota de ese aura de inocentes pequeños grandes seres, su generosidad y destreza podrían ser un estímulo para todos nosotros.
Y Diane Arbus, ausente, cálida, absorta, distante, tierna, desamparada, certera, ágil. La melodía de sus imágenes es una canción melancólica y profunda. Una herida abierta, un grito contenido, abrir los brazos para abarcar en lo posible. Un movimiento lento y sinuoso, descolgar en la noche el cuerpo al vacío en la ventana, el reflejo oblicuo de la realidad en la carrocería del coche, la ondulante sensación del calor en la distancia. Acaso sabía que las piezas del puzzle no encajarían, perderían irremisiblemente el paso poco a poco. Cuesta dejar de escuchar esta sinfonía, a veces adagio, otras preludio, aria, obertura, fuga. Y no sentirse estremecido.
A Woman with her baby monkey, New Jersey, 1971

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