Núm. 9
Mayo - Agosto 2009
ISSN:1988-2769

13.11.06

CARPETA CHRIS MARKER (III). Querido gato, dondequiera que estés, que la paz sea contigo (Voces en "Sans soleil")


La primera imagen de la que me habló fue la de tres niños en una carretera en Islandia, en 1965. Dijo que para él ésa era la imagen de la felicidad y también que había tratado varias veces de unirla a otras imágenes, pero nunca funcionaba.


Él me escribió: un día, tendré que ponerla sola, al comienzo de una película entre dos imágenes completamente negras; así si no ven la felicidad de la imagen, al menos verán la parte más negra.


Él escribió: Acabo de volver de Hokkaido, la Isla del Norte.
Japoneses ricos y estresados. Unos cogen el avión, otros el ferry: espera, inmovilidad, porciones de sueño. Curiosamente, todo eso me hace pensar en una guerra, pasada o futura: trenes nocturnos, incursiones aéreas, refugios atómicos, fragmentos de guerra que se conservan intactos en la vida diaria.


Le gustaba la fragilidad de esos momentos suspendidos en el tiempo. Esas memorias cuya única función es estar dejando atrás nada más que memorias.


Él escribió: he estado alrededor del mundo varias veces y ahora, solamente la banalidad me interesa aún.

(...)

Solía escribirme desde África. Comparaba el tiempo africano con el europeo, y también con el tiempo asiático. Decía que en el siglo XIX, la humanidad había aceptado el espacio, y que la gran cuestión del siglo XX era la coexistencia de diferentes conceptos de tiempo.

(...)

Me escribió que en Las Islas Bijagós son las jóvenes quienes eligen a sus novios. Me escribió que en los suburbios de Tokio hay un templo consagrado a los gatos.


Desearía poder transmitirte la simplicidad, la falta de afectación, de esta pareja que había ido al cementerio de los gatos a colocar una placa de madera inscrita para que su gata Tora esté protegida.
No, no había muerto, sólo se había escapado. Pero el día que muriese nadie sabría cómo rezar por ella, cómo interceder con la Muerte para que la llamase por su nombre verdadero.
Así que vinieron aquí, los dos, bajo la lluvia, para llevar a cabo el ritual que cosería el tejido del tiempo por donde se había roto.


Él me escribió: habría pasado toda mi vida tratando de comprender la función que tiene recordar, que no es lo contrario de olvidar, sino más bien su funda.
Nosotros no recordamos, podemos reescribir la memoria como reescribimos la Historia.
¿Cómo puede uno recordar la sed?

(...)


Me habló del Malecón de Fogo, en las islas de Cabo Verde.


¿Cuánto tiempo han estado allí esperando a la barca, pacientes como guijaros, pero listos para saltar?
Es un pueblo de nómadas, de navegantes, de gente que viaja por el mundo . Se moldean a sí mismos mediante la reproducción cruzada, aquí, en estas rocas que los portugueses usaron como una estación de clasificación para sus colonias.
Un pueblo de la nada, un pueblo del vacío, un pueblo vertical.

(...)

Samura Koichi: "¿Quién dijo que el tiempo cura todas las heridas? Sería mejor decir que el tiempo cura todo menos las heridas. Con el tiempo, el dolor de la separación pierde sus límites reales. Con el tiempo, el cuerpo deseado pronto desaparecerá, y si el cuerpo que desea ha dejado ya de existir para el otro, entonces, lo que queda es una herida... sin cuerpo."


Él me escribió que el secreto japonés, lo que Lévi-Strauss había llamado "la intensidad de las cosas", suponía la facultad de comunión con las cosas, de entrar en ellas, de ser ellas por un momento. Lo normal era que al llegar su fin fuesen como nosotros: efímeros e inmortales.

(...)

Me escribió que las fotografías de Guinea-Bissau deberían ir acompañadas por música de las Islas de Cabo Verde.


¿Por qué debería un país tan pequeño y tan pobre interesar al resto del mundo? Hicieron todo lo que pudieron, se liberaron entre ellos, expulsaron a los portugueses; traumatizaron a la armada portuguesa hasta tal punto que dio lugar a un movimiento que derrocó la dictadura, y, por un momento, le llevó a uno a creer en una nueva revolución en Europa.
¿Quién se acuerda de todo aquello?
La Historia tira por la ventana sus botellas vacías.

(...)


Mi problema personal era más específico: ¿cómo filmar a las mujeres de Bissau? Aparentemente la función mágica del ojo estaba trabajando ahí en mi contra. Fue en los mercados de Bissau y Cabo verde donde pude observarlas de nuevo con igualdad...
Esta sucesión de figuras, tan cerca del ritual de la seducción: La veo a ella, ella me veía, ella sabe que yo la veo, y deja caer su mirada, justo hasta un ángulo en el que aún es posible actuar como si no fuera dirigida a mí y al final, la mirada real, sincera, que duró la veinticuatroava parte de un segundo, lo mismo que el fotograma de una película.
Todas las mujeres tienen incorporada una semilla de indestructibilidad, y la tarea de los hombres ha sido siempre hacer que se dieran cuenta de ello lo más tarde posible.
Los hombres africanos son tan buenos en esta tarea como los otros, pero después de una mirada cercana a las mujeres africanas, no necesariamente apostaría por los hombres.

(...)

Mi colega Hayao Yamaneko ha encontrado una solución: si las imágenes del presente no cambian, entonces es que cambian las imágenes del pasado. Me mostró los conflictos de los años 60 tratados con su sintetizador. Imágenes que son menos engañosas -dice, con la convicción de un fanático- que ésas que ves en la televisión. Al menos, proclaman ser lo que son: imágenes, no la forma portátil y compacta de una ya inaccesible realidad.
Hayao llama al mundo de su máquina "La Zona", en homenaje a Tarkovski.

(...)

Él me escribió: hasta en los puestos donde venden partes de objetos electrónicos, con los que algunos extravagantes hacen joyas, dentro de la partitura que es Tokio, existe un pentagrama singular cuya rareza en Europa me condena a un verdadero exilio acústico. Es la música de los videojuegos. Están incrustados en las mesas. Se puede beber, se puede comer, y seguir jugando. Están abiertos hacia la calle; escuchándolos puedes jugar de memoria.
Vi nacer todos estos juegos en Japón y aunque después me los volví a encontrar por todo el mundo, un detalle era distinto. Al principio era un juego conocido: una especie de paliza antiecológica, donde la idea era matar tan pronto como aparecían, criaturas que nunca llegué a determinar si eran castores o bebés foca.
Y ahora he aquí la variación japonesa. En vez de animales, hay unas cabezas humanas identificadas por etiquetas: en cabeza, el Presidente Director General, en frente suyo, el vicepresidente y los directores, en la primera fila, los jefes de sección y el jefe de personal.
El tipo al que filmé, el que estaba golpeando a toda la jerarquía con una energía envidiable, me confesó que para él el juego no era en absoluto alegórico, que él pensaba muy concretamente en sus superiores. Es por eso por lo que el muñeco que representa al jefe de personal ha sido aporreado tanto y tan fuerte, que está inservible, y por lo que ha tenido que ser remplazado de nuevo por un bebé foca.
Hayao Yamaneko inventa videojuegos con su máquina. Para complacerme, incluye mis animales más queridos: el gato y la lechuza. Reivindica que la textura electrónica es la única que puede tratar con el sentimiento, la memoria y la imaginación.


(...)

Os estoy escribiendo todo esto desde otro mundo, un mundo de apariencias. En cierta manera, estos dos mundos se comunican. La Memoria es para uno, lo que la Historia es para el otro: una imposibilidad.
Las leyendas nacen de la necesidad de descifrar lo indescifrable. Las memorias deben arreglárselas con su delirio, su deriva. Un momento detenido ardería como un fotograma bloqueado delante el horno de un proyector.
La locura protege, como la fiebre.
Envidio a Hayao en su 'zona,' juega con los signos de su memoria. Él los sujeta y los decora como a insectos que han volado más allá del tiempo, y a los que puede contemplar desde un punto de vista fuera del tiempo: la única Eternidad que dejamos.
Miro sus máquinas. Yo creo en un mundo donde cada memoria pueda crear su propia leyenda.


Él me escribió que sólo una película había retratado la memoria imposible, la memoria loca: una película de Alfred Hitchcock, Vértigo. En la espiral de los títulos de crédito él veía al tiempo cubrir un campo más y más grande a medida que se alejaba, un ciclón cuyo momento presente contiene al ojo sin movimiento. En San Francisco había hecho su peregrinaje a todas las localizaciones de la película: la floristería Podesta Baldocchi, donde James Stewart espía a Kim Novak; él, el cazador; ella, la presa. ¿O era justo al revés?
Las baldosas no han cambiado. Había recorrido de arriba a abajo las colinas de San Francisco por donde Jimmy Stewart, Scotty, sigue a Kim Novak, Madelaine. Parece que consiste en seguir el rastro del enigma, del asesinato, pero en realidad es una cuestión de poder y libertad, de melancolía y aturdimiento. Tan cuidadosamente codificada dentro de la espiral que puedes no darte cuenta, y no descubrir inmediatamente que este vértigo espacial en realidad representa un vértigo temporal. Él había ido siguiendo todas las huellas, hasta el cementerio en Mission Dolores, donde Madelaine iba a rezar a la tumba de una mujer muerta desde hace mucho, a la que nunca habría conocido. Él siguió a Madelaine -como Scotty había hecho- hasta el Museo de la Legión del Honor, ante el retrato de una mujer muerta a la que nunca habría conocido. Y en el retrato, como en el pelo de Madelaine, la espiral del tiempo. El pequeño hotel victoriano donde Madelaine desapareció había desaparecido también; el hormigón lo había remplazado, en la esquina de Eddy & Gough. Por otro lado, el corte en la secuencia estaba aún en los Bosques de Muir. Allí, Madelaine señaló la corta distancia entre dos de esas líneas concéntricas que medían la edad del árbol y dijo, "Aquí nací... y aquí me morí."


Él se acordó de otra película en la se mencionaba este pasaje. La secuencia era la que está en el Jardín de las Plantas de París, y la mano apuntaba a un lugar fuera del árbol, al exterior del tiempo. El caballo pintado en San Juan Bautista, su ojo se parecía al de Madelaine: Hitchcock no había inventado nada, todo estaba ya allí. Él había corrido bajo los arcos del paseo en la Misión, como Madelaine había corrido hacia su muerte. Pero, ¿era la suya? Desde esta falsa torre, la única cosa que Hitchcock había añadido, se imaginó a Scotty como un enamorado engañado por el tiempo con la imposibilidad vivir con la memoria sin falsificarla. Inventando una doble Madelaine en otra dimensión temporal, en una "zona" que sólo le pertenecía a él, y desde la que podía descifrar la indescifrable historia que había comenzado en el Golden Gate, cuando había alejado a Madelaine de la Bahía de San Francisco, cuando la había salvado de la muerte antes de volver a arrojarla.
¿O era al revés?


(...)

¿Y por qué este salto en el tiempo, esta conexión de memorias? Sencillamente él no puede entenderlo. No ha venido de otro planeta, ha llegado de nuestro futuro. Año 4001: el año en el que el cerebro humano, ha alcanzado el estado del pleno empleo. Todo funciona a la perfección, así que dejamos que todo esté dormido, incluída la memoria.
Consecuencia lógica: una memoria total es una memoria anestesiada. Después de tantas historias de hombres que habían perdido su memoria, he aquí la de uno que ha perdido el olvido, y que, por una particularidad de su forma de ser, en vez de vanagloriarse de los hechos y despreciar a la Humanidad del pasado y sus sombras, vuelve a ellos, primero con curiosidad y después con compasión.
En el mundo del que procede, suscitar un recuerdo, ser conmovido por un retrato, temblar al sonido de la música, sólo pueden ser signos de una larga y dolorosa pre-historia.


Quiere comprender.


Estas faltas de firmeza del tiempo las siente como una injusticia, y reacciona a esta injusticia como el Ché Guevara, como la juventud en los años 60, con indignación. Es un tercermundista del Tiempo. La idea de que la infelicidad había existido en el pasado de su planeta es tan insoportable para él, como la existencia de pobreza en su presente. Naturalmente, se equivocará. La infelicidad que descubre es tan inaccesible para él, como la miseria de un país pobre para los niños de uno rico. Ha elegido abandonar sus privilegios, pero no puede hacer nada con el privilegio que le ha permitido elegir.
Su único recurso es el mismo que le lanzó a esta búsqueda absurda: un ciclo de melodías de Mussorgsky.


Todavía se cantan en el siglo cuarenta. Su significado se ha perdido, pero fue entonces cuando, por primera vez, percibió la presencia de aquella cosa que no comprendía y que tenía que ver con la tristeza y la memoria, que hacía a todos rezar para tratar de comprenderla, y hacia la cual, lenta y pesadamente, se puso en camino.
Desde luego nunca haré esa película. Por lo tanto, estoy coleccionando los emplazamientos, inventando la trama, incluyendo a mis criaturas favoritas. Hasta le he dado un título, el mismo que esas canciones de Mussorgsky: "Sin Sol".

(...)

Perdido en el fin del mundo, en mi Isla de Sal, en compañía de mis juguetones perros, recuerdo aquel mes de enero en Tokio, o más bien, recuerdo las imágenes que filmé del mes de enero en Tokio. Se han sustituido a sí mismas en mi memoria.
Ellas son mi memoria.
Me pregunto cómo la gente puede recordar las cosas que no filman, no fotografían, no graban.
¿Cómo se las arregla la Humanidad para recordar?
Ya lo sé: escribió la Biblia.
La nueva Biblia será una eterna cinta magnética de un tiempo que tendrá que releerse a sí mismo constantemente sólo para saber que existió.

(...)

Volví a ver lo que había sido mi ventana; vi emerger tejados y balcones familiares; las marcas de caminos que tomaba cada día a través de la ciudad, hasta el acantilado, donde me había encontrado a los niños; el gato con calcetines blancos que Haroun había tenido la delicadeza de filmar para mí, ha encontrado de forma natural su lugar.
Y pensé que de todos los rezos que habían salpicado este viaje, el más justo fue el de la mujer de Gotokuji, quien simplimente dijo a su gato Tora: "Querido gato, dondequiera que estés, que la paz sea contigo."
Y entonces, al viaje le tocó el turno de entrar en la "Zona". Hayao me enseñó mis imágenes, ya afectadas por los líquenes del tiempo, liberadas de la mentira que había prolongado la existencia de aquellos momentos engullidos por la espiral.

(...)

Él me escribe desde Japón.
Él me escribe desde África.
Él me escribe que ahora ya puede evocar la mirada de la mujer del mercado de Praia, que sólo había durado lo que un fotograma.
¿Habrá algún día una última carta?

Selección: Lentitud
Fotos: Sans soleil

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