Núm. 9
Mayo - Agosto 2009
ISSN:1988-2769

17.10.06

TEXTURAS. "Los emigrados", W.G. Sebald

A UNOS 2.000 KM. DE DISTANCIA EN LÍNEA RECTA -PERO ¿DE DÓNDE?

Cuando leo a W.G. Sebald, me da la sensación que emprendo un viaje por la historia, por el pasado, la memoria y el interior del hombre. No sólo es leer un novela -en caso de que lo fuera-, es entrar en el recuerdo al que te transporta por medio de voces testimoniales, fotografías en blanco y negro, y por supuesto por la voz del propio autor. Sus historias pasean por la frontera del género literario haciendo equilibrios, como queriendo hilvanar un híbrido distinto en el que se englobe el rigor del ensayo, lo testimonial de un reportaje, la ficción de una novela, las fotografías de lo histórico y lo personal de una biografía.

¿Por qué éste híbrido?, quizás por el agotamiento y monotonía a los que ha llegado la novela, por intentar algo nuevo. Yo creo, sencillamente que Sebald, consigue esta nueva representación de lo narrado y se parapeta en ella porque se encuentra cómodo al no ser el protagonista escénico y al mismo tiempo poder llegar a la historia, al pasado, a reconstruir su vida.

No resulta fácil etiquetar su prosa. No importa, como tampoco resulta esencial el juego, la certificación de la "verdad", que tanto le gusta, con la incursión de esas fotografías, que como en una película en la que se hubiera congelado un fotograma, consigue parar la narración por unos momentos y que el lector se detenga en la historia, en el detalle. En la realidad de la ficción. Algo que refuerza la aparente frialdad de su prosa, su aséptica narrativa en la que apenas aparece su sombra.

Sebald escribió esta historia de desarraigos con 52 años y en ella cuenta las vidas de cuatro exiliados; Henry Selwyn, su amigo y casero en inglaterra, Paul Bereyter, su maestro de escuela primaria, Ambros Adelwarth, su tío abuelo y Max Ferber amigo y pintor. Uno de ellos, Paul Bareyter, escribió al pie de una foto, en la que parecía perder los ojos en la lejanía: "A unos 2.000 km de distancia en línea recta -pero ¿de dónde?".

¿De dónde? Esa es la pregunta inacabada que Sebald, si aún viviera, seguiría haciéndose. ¿Qué buscaba?, me pregunto. ¿Qué perseguía investigando a los demás, viajando, caminando? ¿Recuperar su memoria? ¿Descubrir quién era? ¿Saber por qué escribía?, acaso ¿vencer al miedo a dejar de hacerlo? Él mismo afirmaba tener pánico de repetirse en sus libros y en la forma de escritura. No tener ya nada que contar. Quizás por eso escribía y trataba de reinventar con una minuciosidad enfermiza la memoria de los demás, para, posiblemente, intentar saberse.

En las primeras páginas de Los emigrados, Sebald nos sitúa bajo "un tejo que cubre los verticales vestigios del pasado". (Precisamente utiliza el tejo que es un árbol venenoso que aparece en ermitas y cementerios y sus raíces, decían, se alimentaban de los muertos. Por tanto, me pregunto, ¿podría ser el árbol de la memoria?). Comienza desde ahí, aunque aparezcan trenes y aviones que cruzan ríos o desiertos, un largo viaje hacia el interior que sigue el rastro de unos personajes -emigrados de ellos mismos-, hasta que llegan a su destino. Pero, ¿a dónde?

Nadie ha echado a estos protagonistas de ningún lugar -no nos engañemos- ellos simplemente no están, o están ausentes a causa, principalmente, de la nostalgia que sienten no tanto por haber perdido su entidad territorial, sino debido a su desubicación interior, a su propio desarraigo. De ahí, la extrañeza, la inmovilidad y tristeza que les envuelve y que me deja igualmente triste. La melancolía les viene de dentro, de haber dejado de amarse a ellos mismos. De no encontrar un lugar. No saben dónde se encuentran, ni siquiera qué dirección tomar. Se duelen.

Como le ocurre a Henry Selwyn, melancólico y tierno que nunca estuvo más a gusto en ningún sitio ni con ninguna persona que con su amigo Johannes Naegeli, que muere al precipitarse en la grieta de un glacial, cuyo cadáver reaparecerá al final del relato, como símbolo de una realidad de la que los personajes, Sebald o nosotros, pretendemos emigrar, huir o acaso también lo contrario: recuperar un lugar ya perdido adonde regresar.

La fragilidad es una de las principales características de estos emigrados, seres melancólicos como Paul Bereyter, del que Sebald afirma, "Paul entero era como un ser artificial, compuesto de chapas y otras piezas metálicas, al que la menor avería podía echar para siempre a la cuneta", definición que también podría aplicarse a todos sus personajes. Así mismo, todos ellos adolecen de melancolía, como le sucede a Ambros Adelwarth, otro de lo emigrados, que nunca tuvo algo parecido a una infancia y que para aprender y atesorar la perfección, atravesará el mar, para encontrase a salvo. Lejos. En un vacío interior del que pese a haber encontrado al joven Salomón -también desubicado y perdido- nunca llegará a encontrarse así mismo. Como Robert Walser, terminará voluntariamente dejándose morir en un manicomio.

Continúo el viaje de la mano de Sebald hasta Manchester donde me encuentro con otro personaje, el pintor Max Ferber. Entre las descripciones, veo la destrucción de una ciudad antaño poderosa y hoy oscura y acabada. La ciudad como reflejo del hombre moderno. Ferber representará la recuperación de la memoria por medio del arte y será el recuerdo desdibujado de su infancia la que no le permita sobrevivir y le incapacite para formar parte de una realidad aparentemente coherente. Mientras, el narrador sigue rescatando información por medio de un diario que la madre de Max, Luisa Lanzberg, escribe en el campo de concentración donde morirá. Sebald apunta: "El letargo espiritual que me rodeaba y la pérdida de memoria de los alemanes, la habilidad con que todo lo habían borrado, empezaban a atacarme la mente y los nervios". A pesar de esta cita, sigo creyendo que Los emigrados no forma parte de lo que se ha llamado ‘literatura del holocausto’, aunque esta realidad aparezca por debajo de los renglones.

Viajes, huidas en busca de qué, ¿hacia dónde? Son las mismas peregrinaciones que realizará años después y en sentido contrario incluso el propio Sebald del que, en definitiva no sabemos nada. Cuando acabas Los emigrados y otras de sus obras deseas tomar unos cuantos cuadernos, una grabadora y una cámara de fotos para continuar su propia búsqueda y seguir sus pasos a Norwich, o a la escuela donde estudió de niño con Paul en Sonthofen. Y así, sucesivamente, en una investigación contra el olvido de nosotros mismos para recuperar el valor de no olvidarnos nunca de quiénes somos. Caminando hacia el no olvido entre una escritura sobria, reflexiva, melancólíca y a veces con cierto lirismo.

Tal vez Sebald busquó con estas páginas intentar devolverles la dignidad que se negaron estos desarraigados, recuperarlos como modelos de víctimas de un descontento personal inevitable, algo no muy frecuente en una sociedad que suele imponer otros modelos de conducta, otras metas, otros éxitos, otras formas, verdaderamente culpables, de alejarse de uno mismo. No sin cierta ironía, Sebald decía que le interesaban más los muertos que los vivos. "Los cementerios me han atraído desde niño y no creo que sea morbosidad".

Esta difícilmente clasificable obra es una exploración muy hermosa, una pesquisa emotiva y continua hacia adentro, como el propio proceso de escritura de Sebald, un paseante de frases subordinadas, que decía preferir escribir sobre personas e historias excéntricas porque tienen algo de fantásticas.

Pasear, ir lejos para acercarse, para volver ¿de dónde?, ¿hacia dónde? ¿para qué?, y sobre todo, ¿quién?

Un Sebald, también emigrado, que seguramente pensaba, como el escritor y humorista alemán Friedrich Richter que "La memoria es un paraíso de donde no podemos ser desterrados".

Tras la lectura de Los emigrados quizá sea buen momento para ver Toute la mémoire du monde, de Alain Resnais que tanto le fascinaba.


"Llevamos el pasado con nosotros, por ello,
si uno quiere saber hacia dónde va,
hacia dónde es más probable que vaya,
tiene que conocer las fuerzas del pasado".

W.G. Sebald.



Texto: Olvido Marvao

Los emigrados, W.G. Sebald, Editorial Anagrama, 2006, páginas: 267.
Traducción: Teresa Ruiz Rosas.

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