Núm. 6
Mayo 2008
ISSN:1988-2769

17.5.08

TEXTURAS. La película reconstruida (A propósito de "Ha muerto un hombre" de René Vautier)

Texto: RAMÓN ALFONSO

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Las películas fantasma de Hector Mann (también llamado Hector Spelling) son devoradas por las llamas pocas horas después del fallecimiento de su autor. David Zimmer mientras tanto encerrado en la casita que Alma, la mujer a la que ya ama, tiene en la propiedad de los Spelling (Frieda y el desaparecido Hector), trata de ordenar sus pensamientos, asimilar las imágenes que acaba de descubrir y que ya nunca mas podrá visionar. Apenas unas horas después las catorce películas se han convertido en cenizas. Ya no existen, en realidad es como si estos films nunca hubiesen existido.


¿Cuántas películas en poco más de cien años se habrán perdido irremediablemente? ¿Dentro de la vasta producción realizada durante el periodo mudo, qué porcentaje, en realidad, de films ha sobrevivido hasta nuestros días? Quizá sería la ocasión perfecta para replantearnos la historia del cine. Lo sé, todo esto suena un tanto grandilocuente, inclusive absurdo, pero si continuamos con la hipótesis y por un momento imaginamos que todas las películas que se filmaron desde la época Lumière (incluso un poco antes, vayamos hasta Edison y otros tantos pioneros), se hubiesen conservado hasta ahora, mayo de 2008, ¿hasta que punto la historia del cine hoy sería tal y como la concebimos? ¿A cuántos artistas (intérpretes, cineastas…) descubriríamos? Supongamos ahora que acceder a una distribución cinematográfica relativamente normalizada no fuera para cineastas que no están dentro de la industria una suerte de milagro imposible de alcanzar; imaginemos que estos años no fueran tan sumamente conservadores y los productores se arriesgaran (ahora podría estar hablando de España, por ejemplo) con otro tipo de gente, autores que a día de hoy sólo pueden robar tiempo a su tiempo y realizar un trabajo, en las peores condiciones, con los peores medios, que en un porcentaje demasiado elevado jamás abandonará el anonimato; la cuestión en definitiva es tratar de suponer, abandonando, un ejemplo tan fácil como el de la supervivencia de tantas películas durante el cine mudo, lo que sería el cine contemporáneo tal y como lo conocemos si estos autores undergrounds o amateurs, pudiesen acceder a los canales de distribución y por tanto existir.

La labor que se realiza desde cinematecas, fundaciones, repartidas por todo el mundo tratando de recuperar obras perdidas o incompletas, ahondando en viejos archivos o colecciones privadas casi parece en ocasiones arqueología; gracias a estas iniciativas hemos podido ver muchas películas en su integridad, tal y como las concibió su autor, o descubrir títulos que se creían perdidos; así, queda entonces la esperanza de algún día poder visionar la filmografía completa, pongamos por caso, de Murnau o Sjostrom? ¿Cómo encontrar el celuloide desaparecido? ¿Puede reconstruirse un film destruido?

No es extraño que un cineasta cuando aborda un nuevo proyecto, especialmente en sus inicios, pueda recuperar ideas, sensaciones, apuntes ya esbozados en trabajos primerizos que probablemente nunca verán la luz pública, hablo de hipotéticos Súper-8 o grabaciones digitales que apenas han podido verse en pases privados para amigos o algún festival especializado; pero esto no deja de ser un abstracto, la recuperación de ideas no es algo tangible no estamos reconstruyendo nada.

Durante mayo del 68, Philippe Garrel participó en la película colectiva Actua I, que para alguien como Jean-Luc Godard fue el gran testimonio de aquellos días. El film se perdió y Garrel para filmar a sus amantes regulares en la noche parisina frente las fuerzas antidisturbios, decidió recuperar los encuadres, los únicos posibles, que utilizó en aquella película perdida. Por un momento Les amants réguliers (2005) se transformaba en Actua I, quizá con otros rostros, con otra luz, pero aquella película de 1968 volvía a existir.

Al igual que Philippe Garrel, su compatriota René Vautier es un completo desconocido para el espectador español, incluso dudo bastante que en Francia lo recuerden, a no ser que alguien todavía pueda acordarse de la polémica suscitada por su Afrique 50, film de 1950, prohibido durante mas de cuarenta años, y que posiblemente sea una de las primeras películas anticolonialistas francesas. Creo que una posible recuperación de René Vautier como cineasta es mucho mas improbable que la de alguien como Garrel; obviando el alcance, profundidad, lecturas de la obra de uno y otro; el cine para Vautier nunca ha sido una forma de supervivencia como para Garrel, en sus planos no observamos el dolor, la sensibilidad que transmiten los del autor de Le berceau de cristal (1976), para él, el cinematógrafo ha sido una herramienta política que le ha permitido denunciar el colonialismo, la guerra de Argelia, huelgas de trabajadores, etc… Vautier no busca una perfección formal, ni artificios, para él, la cámara es un arma y su mirada para luchar debe estar despojada de cualquier elemento que le sea ajeno; no se busca la belleza, sino la utilidad, un plano no debe ser bello, debe ser políticamente útil. Ahora bien, no debemos confundir la mirada política de Vautier con la de un Godard o un Straub, para quienes la política puede ser expositiva pero prioritariamente debe surgir de la forma. Como cineasta la forma es importante pero no definitiva para René Vautier, por eso en ocasiones sus trabajos no llegan a estar del todo conseguidos, (no estoy hablando, ni cuestionando, la sinceridad y la valía de sus intenciones, que están por supuesto fuera de toda duda) y visionando los pocos films a los que podido acceder he tenido siempre la misma sensación de estar frente a un panfleto político, algo perfectamente loable pero que para mi le resta importancia fílmica, aunque insisto no sé hasta que punto ésta es demasiado importante para el realizador; él es un guerrillero de la imagen, al contrario que muchos autores que juegan a la guerra desde sus lujosos apartamentos. Por todo esto, esa ausencia de rotundidad cinematográfica, por muy ridículo que pueda parecernos, jugará en su contra para que pueda abandonar su anonimato, que por otra parte estoy convencido disfruta totalmente.

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Hagamos ahora un poco de historia. En 1950, después de la Guerra, Brest estaba siendo reconstruida. Los obreros se pusieron en huelga, reclamando a los patronos mejoras salariales. Los cargadores del puerto o la gente del ferrocarril se unieron a ellos paralizando la ciudad. Por supuesto, los patrones no quisieron negociar con la complicidad de las autoridades. Después de una primera manifestación y tras diversas detenciones políticas, desde los Sindicatos se pusieron en contacto con el joven cineasta René Vautier para impresionar estos hechos. En una nueva manifestación reclamando la liberación de los detenidos, la policía después de atacar a los huelguistas asesinó a un muchacho. Poco después, Vautier y su cámara entraban en escena. Acompañado de dos hombres, el cineasta recorrió Brest, filmando diferentes escenas. Consiguieron sacar clandestinamente con la colaboración de un amigo maquinista las bobinas y mandarlas a París a revelarlas y al día siguiente la película estaba de vuelta en Brest y Vautier con la colaboración de los dos muchachos empezó a montarla. Una vez terminada los tres hombres visionaron la película que duraba doce minutos en total y la sensación sobre todo de los dos hombres que habían acompañado en toda la grabación al realizador era que le faltaba algo para ser verdaderamente un testimonio importante. ¡El sonido! El film se había grabado sin sonido y las imágenes no acababan de tener toda la fuerza necesaria. Entró entonces en esta historia Ha muerto un hombre, el poema que Paul Eluard escribió para Gabriel Péri, una víctima de los alemanes durante la Guerra. René Vautier grabó en un magnetófono el poema cambiando el nombre de Péri por el de Mazé, así se llamaba el muchacho asesinado por los disparos policiales. Después de proyectar las imágenes, acompañadas por la narración, en la Casa de la Cultura, los compañeros del Sindicato emocionados afirmaron que daba tantas ganas de llorar ¡como de luchar! decidiendo que había que proyectarlo todas las noches en todas las obras en huelga. Prácticamente, improvisaron una sala de cine ambulante, con unos medios absolutamente precarios: una camioneta, un pequeño proyector, el magnetófono y una sabana a modo de pantalla. Durante su aventura, tuvieron que salvar toda suerte de dificultades, la rotura del visor del proyector, de la cinta con la grabación, lo que obligó a Vautier a leer todas las noches el poema para los espectadores; y en este punto llegamos a un momento, para mí, definitivo; un día, René cogió frío, no tenía voz y arreglar la cinta del magnetófono era una tarea imposible, no podría leer el texto esa noche, después de unos instantes de silencio, uno de los dos hombres que lo acompañaban se ofreció a recitarlo. Durante la proyección, no tardó en convertir las palabras de Eluard en las suyas, las palabras del poeta entonces se convirtieron en las palabras del pueblo. Vautier registró con el magnetófono las palabras de su compañero que a partir de ese momento se convirtieron en inseparables de las imágenes. Poco tiempo después, en París, el cineasta presentaba en un pequeño cine-club Ha muerto un hombre; finalizada la proyección, la única copia que existía, después de 150 pases, se rompió. Un periodista emocionado dijo a Vautier que Eluard tenía que ver esa película, lamentándolo le dio la noticia de la perdida de la única copia (de todas formas -dijo René- para ellos -y esto es muy significativo para comprender la figura de Vautier- era un medio de acción mas que una obra de arte). Finalmente, Eluard en un cóctel en el comité nacional de escritores pudo escuchar su obra de boca del joven Petit Zef, si es que así se llamaba este muchacho que acompañó durante toda la singladura de Ha muerto un hombre a René. Un envejecido Paul Eluard dio las gracias al realizador (dejen que este viejo chocho se recupere del choque que produce escuchar en vida uno de sus poemas digeridos por el pueblo) quien nervioso salió a la carrera con el magnetófono tropezando y destruyendo involuntariamente la voz de la película. Vautier siguió haciendo cine, sin renunciar como ya indicaba a sus ideales, nada mas se supo de los dos hombres, ya ni siquiera sus nombres. Ha muerto un hombre ya no existía a excepción de en la memoria de sus responsables y todos aquellos que tuvieron la suerte de visionarla.

Este film, este arma de lucha, hubiese sido uno de los muchos desaparecidos a lo largo de la historia del cine y con el paso de los años su recuerdo poco a poco podría haberse difuminado, de no ser por el encuentro del guionista Kris y el director de la Cinemateca de Bretaña, Gilbert Le Traon, durante el verano de 2002, más de cincuenta años después de la realización. La Cinemateca por entonces intentaba recuperar las obras de Vautier y uno de los sueños de Le Traon era la reconstrucción de Ha muerto un hombre, una empresa imposible teniendo en cuenta que el único negativo se había destruido; sin embargo, tenía una idea: reconstruirla con dibujos. A partir de este momento comienza una nueva aventura para rehacer la película. Entre 2003-2004, Kris se pone en contacto con el dibujante Étienne Davodeau y el resultado es uno de los cómics más emocionantes que he leído en los últimos tiempos.

Tuve la ocasión de descubrir a Davodeau de pura casualidad, acompañando a mi chica a una tienda de cómics, ella, siempre inquieta, curioseaba, mientras yo, como siempre, aburrido, trataba de matar el tiempo hojeando algunos tebeos. De pronto, uno de ellos me llamó poderosamente la atención, se trataba de La mala gente y su autor respondía al nombre de Etienne Davodeau, lo compré y esa noche me lo leí. El libro trataba de la juventud de los padres del autor, durante la Francia rural de los años 50, y en él narraba las dificultades de unos muchachos en una sociedad conservadora, con la fábrica y la Iglesia como testigos de sus jornadas; dentro de esa atmósfera tan opresiva surgía de pronto una voluntad de cambio y algunos de esos jóvenes se lanzaban a la militancia. Siguiendo el esquema de Spiegelman, quizá sin llegar a su profundidad, el autor, con un dibujo muy limpio, casi ingenuo, un poco a la manera de un Herge de fin de siglo, se convertía junto a sus padres en el protagonista de este relato que abarcaba casi cincuenta años de cambios socio-políticos en Francia sin nunca abandonar la sensibilidad y el intimismo que la narración precisaba.

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No encuentro forma más hermosa que utilizar una expresión artística para reconstruir una obra de una expresión diferente que ya no existe. Podríamos pensar en rehacer la película de nuevo en celuloide, pero ¿qué sentido tendría? Con toda la tecnología a nuestro alcance, los innumerables adelantos conseguidos en los últimos años no sería improbable que algún productor tuviese la descabellada idea de realizar un nuevo cortometraje con Búster Keaton como protagonista, inclusive acceder a los guiones de las películas perdidas de Murnau y digitalmente volver a construirlas; insisto, ¿qué sentido tiene? Este teórico clon nunca podrá sustituir al desaparecido, simplemente por lo genuino de éste, no importa ya si hablamos de una obra maestra o un rollo mediocre de principios de siglo. Por eso, creo que reconstruir en este caso en cómic una película desaparecida es una idea verdaderamente maravillosa. Construyamos de nuevo el film, recordemos cada uno de los encuadres pero hagámoslo todo de nuevo, será igual pero diferente, seguirá siendo un film de René Vautier pero también un cómic de Kris y Étienne Davodeau. A partir de ahora, para visionar la película Ha muerto un hombre de Vautier tenemos que leer la novela gráfica Ha muerto un hombre; a partir de ahora la película se compone de unos pocos planos, unas pocas viñetas, en ocasiones seremos nosotros los lectores, o los espectadores, quienes tengamos que imaginar los huecos, los vacíos, que voluntariamente han quedado, tendremos que dejarnos atrapar por la fuerza, la emoción de los dibujos de Davodeau y escuchar de nuevo las palabras de Petit Zef.

En mi opinión, a falta de leer Rural!, uno de los mayores éxitos del dibujante, creo que Ha muerto un hombre, no sólo supone un salto adelante en su trayectoria, también lo sitúa como una de los lápices mas interesantes, sugestivos, del cómic contemporáneo.

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En su casa de Vermont, después de la muerte de su amada Alma, David Zimmer reflexiona, han pasado los años, las obras mudas de Hector Mann han aparecido en VHS, su obra poco a poco es conocida, incluso ya hay pequeños club´s de admiradores, y todo ello gracias a la desaparecida Alma quien a lo largo de los años en el rancho Spelling hizo copias de esos trabajos y las envío a cinematecas y Museos repartidos por todo el mundo. Los films que Mann realizó en la clandestinidad, en la soledad de su rancho de Nuevo México ya no existen, se han consumido en las llamas. Sólo pudo disfrutar una de ellas, La vida interior de Martin Frost. ¿Qué contenían el resto? David Zimmer reflexiona, nada impedía que clandestinamente Alma hubiese hecho también copias de esos films fantasma y las hubiese escondido en algún lugar secreto a la espera de ser en algún momento recuperadas. David Zimmer sueña con esto. René Vautier ya ha visto su sueño cumplido, Ha muerto un hombre ya existe de nuevo.

René Vautier

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    Alfred Hitchcock



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